La zapatería «El Momento»

15 de septiembre de 2017

rufo de francisco marín laredo

Así se llamaba la zapatería de mi padre.

Un enorme rótulo que recorría la fachada, con fondo de distintos colores, diseñado por su amigo Santiago Corro, anunciaba la actividad.

Situada en el núm. 13 de la entonces conocida como Plaza de la Villa, hoy de la Constitución, de Laredo, estaba formada por dos plantas: baja y primera, ésta dotada de dos balcones o antepechos, desde la que se llegaba, mediante unos escalones, a otro espacio mayor, situado a la trasera, con salida a la calle Ruayusera, destinado a almacén de calzado para su venta.

La planta primera alojaba el material para la zapatería, como pieles, badanas, grandes piezas de suelas, rollos de gomas, clavos, bobinas de hilo de cáñamo para elaborar cabos impregnados en pez, tacones de goma, colas y pegamentos, etc.

La planta baja medía sobre 20 m2 y en esa reducida superficie cuesta creer que contuviese: un mostrador, el taller de zapatería con su mesa en cuyo centro sobresalía un soporte con un eje vertical, en el que iban acopladas distintas bandejas circulares metálicas y compartimentadas, todas giratorias, de diferentes diámetros, situándose la bandeja mayor en la base y la menor en su parte superior. Los cuencos o compartimentos contenían toda clase de clavos, de variados tamaños y grosores. Bordeando la mesa, cuatro banquetas con asiento de cuero.

Había, también, una máquina de coser cuero, dos expositores con sus puertas acristaladas, baldas en las paredes para el calzado reparado y hormas de madera de todos los tamaños. Al fondo, un minúsculo cuarto para el inodoro y el lavabo. Y el tramo inicial de escalera que llevaba a las restantes plantas.

Pero es que, además, en la pared izquierda se situaba una máquina grande, inmensa, o así, como niño, me lo parecía, provista de un largo eje, a modo de tomo, que contenía distintas piezas para lijar, encerar, estriar, pulir y abrillantar. Disponía también de otro eje superior, menor, y retráctil, que accionaba una rueda de esmeril y otra de sierra. Bajo el eje central había un compartimento, con sistema de aspiración incluido, que recogía el polvo que se desprendía del lijado y lo enviaba a un depósito que se vaciaba cuando era necesario; y en la base, el motor.

Para mover semejante maquinaria, la compañía “Electra Vasco-Montañesa” tuvo que instalar una línea eléctrica de mayor potencia, de carácter industrial que accionaba el motor trifásico.

Fue la primera máquina de esas características que se instaló en Laredo, y tuvieron que pasar más de veinte años antes de verse algo ligeramente parecido.

Junto a estas líneas se reproduce una fotografía de aquel monumental aparato “todo uso”, tomada del anuncio de nuestro comercio, aparecido en el Programa Oficial de Fiestas que editaba el Ayuntamiento de Laredo, correspondiente al año 1.945, en cuyos programas se anunciaba habitualmente mi padre. Ese anuncio contenía un texto en “versos macarrónicos” y mi padre, pasados los años, algo avergonzado, me confesaba que el autor fue un buen amigo suyo y que no pudo negarse a su colaboración “literaria”.

Anuncio de la zapatería «El Momento», 1.946
Anuncio de la zapatería «El Momento», 1.946

Asimismo, acompaño el Carnet de Artesano, expedido a mi padre por la Obra Sindical de Artesanía, el año 1.947.

Carnet de Artesano de Rufo Francisco Castillo, 1.947
Carnet de Artesano de Rufo Francisco Castillo, 1.947

En los tiempos difíciles de postguerra, siendo yo un niño, he conocido a tres operarios juntos, trabajando con mi padre: Julio Castillo Aguirre, pariente nuestro, Antonio Navascuez Colás y Mariano Herboso. En los años anteriores y siguientes, unos operarios sustituyeron a otros, quienes, una vez aprendido el oficio, se independizaron y abrieron sus propios negocios.

Al tomar un mayor auge la venta de calzado, al inicio de los años sesenta, se trasladó el taller de zapatería, con su inseparable máquina, a la planta primera, continuando dos operarios, destinándose la planta baja por entero a la venta de calzado.

Tras jubilarse mi padre una década después, se alquiló el local con sus plantas altas, que su titular dedica desde entonces a la actividad de herboristería.

En nuestra niñez, se jugaba a los tacones, que consistía en colocar en la acera un montón de billetes de tren, se trazaba una raya con tiza, y a una distancia determinada se tiraba, rasante, un tacón de zapato usado, y si alcanzaba los billetes, los que sobrepasaban la raya, pasaban, como premio, ¡vaya premio!, a poder del ganador… No es necesario decir que los niños iban a pedir tacones a mi padre, quien se los facilitaba siempre, en verdad, de buena gana.

En primavera, con la llegada de los albérchigos, los chavales utilizaban el hueso para hacer un silbo. ¿Cómo? Lo frotaban por uno de sus bordes en el pavimento o acera, a modo de lija, hasta hacer un hueco por el que extraían la almendra, y ¡hecho! Se explica muy fácilmente, pero hacerlo costaba un considerable esfuerzo, sentados en la acera, frotando largamente, humedeciéndolos con saliva, hasta conseguirlo.

Yo jugaba con ventaja: A mis nueve o diez años, siempre bajo la vigilancia de mi padre, se ponía en marcha la máquina, pasaba el hueso del albérchigo por la lijadora, y en unos segundos tenía hecho el agujero que lo convertía en silbato. Lo acercaba a los labios, y al soplar emitía un potente silbido. Al saberlo, todos los amigos y compañeros de la escuela me pedían les hiciese uno. No exagero si digo que los hice a decenas.

Conservamos, como entrañable recuerdo, la mesa de trabajo con las bandejas giratorias, las cuchillas de acero y los juegos de martillos, fabricados en Paris, así como otras diversas herramientas propias del taller de zapatería, junto con los tickets en los que se anotaba el nombre del cliente, la fecha y la reparación a efectuar. ¿Y aquella máquina tan aparatosa? Al cesar la actividad, la adquirió un industrial de Santander, que mostró mucho interés en ella.

Volviendo a la zapatería, hoy me pregunto: ¿Eran necesarios tantos empleados, con sus sueldos y afiliaciones a la Seguridad Social, para un volumen de negocio más bien modesto?

Mis padres, Rufo y Lorenza, lamentablemente, por ley de vida, ya no nos acompañan y por ello no pueden contestarme. Lo he comentado con mi hermana Conchita, ocho años mayor que yo. Ella afirma, rotunda y tajante, que no, que no era necesario tanto personal y que nuestro padre, con un buen corazón, obraba así, esencialmente, para ayudar a otras personas con sus familias, en aquellos tiempos duros, de necesidades de todo orden, donde nada sobraba y casi todo faltaba.

¡Yo también lo creo así! Y, asimismo, y sobre todo, así lo sienten algunos de los empleados que trabajaron durante años con mi padre, quienes me recuerdan aquellos tiempos difíciles.

Han pasado los años, demasiados, y aún me encuentro con personas que me hablan de “la zapatería de Rufo” y de “aquella máquina grandísima” en ella instalada. Ciertamente, aquel artilugio no pasaba desapercibido.

Entrecierro los ojos, y aún vislumbro en mi mente la foto fija de mi padre, con los empleados, los clientes, las máquinas y los pares y pares de zapatos a la espera de su reparación. Realmente eran otros tiempos.

Rufo de Francisco Marín
Cronista