Una visita regia

18 de julio de 2011

rufo de francisco marín laredo

Jornada de júbilo en Laredo. A media tarde de un día en pleno estío, el sol luce con fuerza y una multitud de personas prácticamente todo el vecindario, se agolpa a lo largo de diversas calles de esta Villa.

Una pescadora avanza decidida entre la muchedumbre, seguida de otras, y se dirige hacia un hombre joven, de porte distinguido y largas patillas. Cuando la mujer llega a la altura de aquél, le dice en un tono fuertemente pejino, salpicado de gracia y sencillez:

-Alfonso, hijucu, ¡haznos el muellucu!

El interpelado mira primero con asombro y luego con atención a la mujer que tiene frente a sí, de facciones  agradables. Luego, esboza una sincera sonrisa.

Pero, ¿por qué la pescadora hace una petición tan extraña a este hombre? ¿Quién es “Alfonsucu” y qué tiene que ver con el muelle de Laredo?

Vamos a ir poco a poco desvelando el misterio.

Laredo, desde siglos atrás, tenía planteado un grave problema con sus puertos. La antigua Dársena, que databa del Siglo XVI, por su emplazamiento, orientación y vientos dominantes, se fue colmatando de arena y era ya apenas practicable. Su bocana se situaba en la que hoy es la zona ajardinada de la Casa de Cultura “Dr. Velasco”, situada a su trasera.

Los laredanos, emprendieron a la desesperada, la construcción del Puerto de la Soledad, al Norte de la Atalaya, para lo que tuvieron que taladrar ésta mediante un túnel de 130 metros de longitud. Tanto el túnel como el muelle fueron costeados en su mayor parte por el pueblo y el resto por el Estado, estando el puerto bastante avanzado el año 1.863. Poco duró este muelle. Bastaron unos días de furioso temporal ese mismo año para destruir numerosos barcos y causar tan graves daños en el propio puerto, abriendo un boquete de 80 metros, que ya nunca volvió a ser utilizado.

El nuevo Puerto, al Sur de la Atalaya, aunque aprobado en Abril de 1.881, sus obras no comenzaron hasta el año siguiente, por lo que los pescadores tuvieron que seguir utilizando, cada vez con más dificultad, la antigua Dársena.

Esta dramática situación calaba muy hondo entre los laredanos. Por ello, no es de extrañar que nuestra paisana no dudase en dirigirse, como lo hizo… ¡al mismo Rey de España, Don Alfonso XII!

Ahora sí, iniciamos la acción desde el principio:

Con motivo de la visita del monarca al litoral cantábrico oriental, el día 12 de Agosto del año 1.881, el navío “Giralda” se dirigía al mediodía a Santoña, procedente de Castro-Urdiales. Las autoridades y gran parte del cabildo de Laredo no quisieron perder la oportunidad de rendir saludo al Rey y a la Reina, y con tal motivo se dirigieron con sus embarcaciones, engalanadas, hacia la trayectoria que iba a seguir la nave real. Al poco tiempo se produjo el encuentro en la mar, y Alfonso XII quedó impresionado por tan cordial e imprevista manifestación de afecto y de cariño popular.

Tras desembarcar en Santoña (en Laredo no era posible), la real pareja regresó al “Giralda”, el cual emprendió lentamente tumbo a Colindres, donde arribó poco después. Les esperaba quien iba a ser su anfitrión, Don Ramón Carasa Gándara y en el coche de éste, arrastrado por dos magníficos caballos blancos, al rítmico trote de éstos, los Reyes Don Alfonso XII y Doña María Cristina hicieron su entrada triunfal en Laredo, donde fueron aclamados y vitoreados por el vecindario.

El Alcalde recibió oficialmente a SS.MM. y seguidos por las autoridades, por la familia Carasa y el pueblo, subieron a la Iglesia de Santa María, que les fue mostrada por Don José María Barreda. Tras una breve oración, los monarcas descendieron por la ciudadela antigua, siendo en una de estas calles donde la mujer pejina hizo su particular petición al Rey de España, relatada al inicio de estas líneas.

Bordeando la amplia Alameda y secundados por el séquito y los vecinos, les fue mostrada la playa, para luego dirigirse a la casa-palacio de los anfitriones, quienes ya en su interior les ofrecieron un refrigerio. Pero muy poco tiempo después tuvieron que salir a la espaciosa terraza situada a todo lo largo del piso principal, para saludar una y otra vez al pueblo de Laredo, que no cesaba de aclamarles. Cubría la barandilla metálica un rótulo, del mismo tamaño que éste, en el que se leía “¡Viva Alfonso XII!” Les acompañaban el Sr. Carasa y el Alcalde.

Al aparecer los Reyes, el pueblo vitoreó de forma incesante a la juvenil pareja, ya que Alfonso XII contaba tan solo 24 años de edad y había contraído matrimonio en segundas nupcias con la Archiduquesa de Austria, María Cristina, dos años antes, es decir, en 1.879.

La escena fue recogida en toda su esencia, con absoluta fidelidad, casi fotográfica, por el pintor de origen francés, Paul Ratier Josse, quien era mudo, afincado junto con su familia en Santander, profesor de pintura y reconocido artista, el cual se puso de moda por los retratos al óleo que le encargaban familias de la burguesía santanderina y ser también el autor de una primorosa panorámica de Laredo, de 1.884.

Alfonso XII en Laredo
Alfonso XII saluda al pueblo de Laredo en 1.881, por Paul Ratier

Los descendientes de la familia Carasa conservan en Santander el lienzo de sus antepasados. Una reproducción fotográfica de aquél es la que ilustra estas líneas.

En la escena aparecen, en primer término, una multitud de personas que saludan con pañuelo en alto. Al fondo, la casa-palacio del Sr. Carasa –donde hoy se alojan los Juzgados de Laredo- conocida como “las cuatro témporas”, en alusión a las figuras que representan las estaciones del año, colocadas a la altura de la cubierta del cuerpo central. En la terraza se ven cuatro personas. De izquierda a derecha: el Alcalde de la Villa Don Juan José  de la Lastra, el Rey Alfonso XII, la Reina María Cristina y Don Ramón Carasa.

Poco después, al atardecer, los Reyes se dirigían al coche del Sr. Carasa para regresar a Colindres y embarcar en el “Giralda”.

Cuenta D. Maximino Basoa que cuando el coche de caballos pasaba entre el pueblo, los pejinos gritaban al monarca:

-¡Ñor rey, no se vaiga, quédese en casa del ñor Carasa!

(En el hablar de la época y hasta mediados del pasado siglo, la gente llana abreviaba los tratamientos de “Señor” y “Doña”, por “Ñor” y “Ña”).

En recuerdo de la visita regia, la Alameda situada frente a la casa-palacio del Sr. Carasa, pasó a denominarse Alameda de Alfonso XII.

Fue corto el tiempo que estuvieron los monarcas en Laredo, pero dejaron hondo recuerdo en el vecindario, que los acogió con esa alegría sana y desbordante de los pejinos, la misma con la que recibieron en tiempos pretéritos a la Reina Isabel la Católica y su hija Doña Juana, al ex – emperador Carlos I y al Rey Felipe II, junto a otros grandes personajes.

Por ello, con el desenfado y naturalidad de quien está habituado a recibir a reyes, príncipes, altos dignatarios y personalidades, no debe sorprendernos el que aquella pejina, saltándose limpiamente el protocolo, le dijera al Rey ante sus propias barbas: “Alfonso, hijucu, haznos el muellucu!

Las obras del nuevo puerto incrementaron su ritmo, y aunque todavía en construcción el año 1.884, poco después quedó terminado ¡al fin! el anhelado puerto de Laredo, el entrañable “muellucu”.

R. de F.

(Artículo publicado en la revista “De Laredu, Lin”.)