9 de abril de 2011
rufo de francisco marín laredo
Hacia la mitad final de la década de los años cincuenta, en la Plaza del Ayuntamiento de Laredo, en una soleada mañana un joven forastero aparcó su motocicleta en uno de sus bordes y tras preguntar a unos vecinos, se dirigió a la Casa Consistorial, posiblemente en demanda de información.
Era verano, por tanto no había clases en los colegios y los chicos deambulaban libres como pájaros. Los muchachos y los mayores, en seguida vieron que aquella motocicleta se apartaba de los modelos conocidos y se acercaron a ella, observándola con detenimiento. No se trataba de las conocidas “motos”, de mayor o menor potencia, en las que el bastidor que alojaba el bloque motor con su depósito, se situaba entre las ruedas delantera y trasera, así como el resto de la mecánica, de la que sobresalía la palanca de arranque y la imprescindible cadena de transmisión a la rueda posterior, culminando en la parte superior con los asientos para conductor y acompañante.
El modelo que tenían a la vista, muy estilizado, rompía con la línea tradicional. Del manillar descendía en vertical, a modo de escudo, una pieza de chapa lisa, que hacía ángulo recto a la altura de los pies y continuaba hacia atrás. Después había un espacio libre, lo que resultaba a todas luces inusual, y del centro para atrás se situaba el motor, de 150 c.c., carenado, y por tanto invisible, que conectaba con la rueda trasera, sin aparecer la cadena de transmisión. Y sobre el motor, un asiento doble corrido. Las ruedas delantera y trasera eran de mucho menor tamaño que las del resto de las motocicletas.
Pero lo que verdaderamente llamaba la atención era el espacio libre existente entre el manillar y el escudo delantero, y el motor. Ello permitía al conductor sentarse cómodamente, como quien lo hace sobre una silla, sin tener que levantar la pierna y pasarla por encima del bastidor como el que monta una cabalgadura para acomodarse, como era obligado en las motos tradicionales, en las que se imponía el uso de “leguis” o pinzas en los bajos de los pantalones, que recogían éstos a la altura de los tobillos para evitar que las perneras se enredasen en la mecánica.
La marca de esa tan especial motocicleta era “Vespa”, cuyo nombre metálico aparecía fijado en el escudo frontal. Y estaba pintada de color verde.
Todos aquellos curiosos desconocían entonces que aquella motocicleta “Vespa” -que en castellano significa “Avispa”-, creada poco tiempo antes por el conocido ingeniero y fabricante italiano Piaggio, causó furor en Italia y fuera de ella.
Poco después, el forastero salió del Ayuntamiento y se dirigió a su motocicleta, aún rodeada de curiosos, que arrancó a la primera, con un suave zumbido del motor, montó en ella y se dirigió a escasa velocidad por la Calle López Seña en dirección a la playa, posiblemente hacia uno de los hoteles de la Villa que le recomendaron, para hospedarse.
Aquel extraño, según se supo después, se llamaba Pietro Navone Gaslini, era miembro de una conocida familia italiana, y venía a Laredo, conocedor de la existencia de un buen número de industriales conserveros italianos establecidos en esta Villa y principalmente en Santoña, para tratar igualmente de dedicarse a la conserva de pescado con destino a su exportación a su pais de origen.
Poco tiempo después, aquel joven regresó a Laredo, asimismo acompañado de su “Vespa”, donde comenzó, efectivamente, sus operaciones en la industria de la pesca, asentando algo más tarde su fábrica en Santoña, aunque durante muchos años su residencia la tuvo fijada con carácter permanente en nuestra Villa.
Ya para entonces, al paso del tiempo, en la mayoría de los países del resto de Europa se fabricaba aquel modelo. Moto Vespa se había establecido también en Madrid y fabricaba sus primeras unidades. Parece que el gestor principal de su implantación en España fue el Doctor Cristóbal Martínez-Bordiú, Marqués de Villaverde, yerno de Franco, al estar casado con su hija Carmen.
De ahí que, por aquellas fechas, en el semanario humorístico “La Codorniz”, apareciese una noticia casi telegráfica por su brevedad, en la que, alterando conceptos, satíricamente se recogía que “El Marqués de Villavespa se ha comprado una moto verde”, en lugar de decir con claridad que ‘El Marqués de Villaverde se ha comprado una moto Vespa’. Pero esa broma aparentemente inocente, no pasó desapercibida por la censura oficial, y la edición de la revista fue suspendida por espacio de un mes...
Pasó un cierto tiempo antes de que otra moto Vespa hiciese su aparición en Laredo. En esta ocasión su titular fue una mujer, la Srta. Damborenea, la primera que en tiempos modernos conducía una motocicleta por esta Villa. Se trataba de la hija de D. Ricardo Damborenea Castroviejo, industrial bilbaíno establecido en Laredo, la cual regentaba el Hotel de su propiedad, “El Cortijo”, situado en la Calle González Gallego. La dinámica muchacha, aficionada al deporte, recorría a diario nuestras calles, montada en su moto Vespa, verde ella.
Poco a poco, aquel tipo de moto que pronto cambió su denominación por la de “scooter”, de figura tan estilizada, se fue implantando en nuestro país, y por supuesto, también en Laredo. A ello contribuyó una atrevida campaña promotora empresarial, que organizaba en ciudades y pueblos de España, también en esta Villa, durante los veranos, aquellas “gymkanas”… a la española. Y es que la “avispa” de la “Vespa”, con su sempiterno color verdoso, hincó su aguijón y supo hacerse con la voluntad de miles de jóvenes y mayores, que optaron por aquel modelo de motocicleta urbana, moderna, compacta y limpia, sin piezas mecánicas a la vista, que para acomodarse en ella no había que alzar la pierna y pasarla por encima, a modo de cabalgadura metálica, sino que bastaba con ponerla en marcha, sentarse cómodamente, acelerar y salir a disfrutar, cara al viento, de modo tan sencillo como la vida misma.
R. de F.