Mis recuerdos del padre Ellacuría

28 de noviembre de 2009

rufo de francisco marín laredo

El día 16 del mes de Noviembre de 2.009 se conmemoró en España, en la República de El Salvador, así como en otros diversos países del continente americano, el XX aniversario del asesinato, a manos del ejército salvadoreño, del jesuita Ignacio Ellacuría junto con sus compañeros Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Amando López, Juan-Ramón Moreno y Joaquín López, así como de las empleadas de la comunidad de jesuitas, Julia Elba Ramos y su hija Celina.

Este terrible suceso tuvo una enorme trascendencia a nivel internacional, hasta el punto de ser causa determinante para lograr, como se consiguió tiempo después, llegar a una solución negociada a la guerra civil que a lo largo de una década dejó arrasada la más pequeña república del continente americano como es El Salvador.

El despliegue informativo sobre la conmemoración de este triste acontecimiento, ha sido exhaustivo, en especial en los grandes diarios de edición nacional en nuestro país.

Ellacuría hablando en un acto ecuménico en San Salvador (marzo de 1989)
Ellacuría hablando en un acto ecuménico en San Salvador (marzo de 1989)

Yo conocí personalmente al Padre Ellacuría.

Recién creados los Cursos de Verano de la Universidad de Cantabria en Laredo el año 1.984, a iniciativa del entonces Rector de la misma D. Francisco González de Posada, éste contactó con el sacerdote jesuita Ignacio Ellacuría Beascoechea, Rector de la UCA (Universidad Centro Americana) de la República de El Salvador, proponiéndole impartir un curso, de una semana de duración, para el verano siguiente.

Aceptado por Ellacuría, éste efectivamente dirigió un curso en el verano de 1.985. La asistencia al mismo por parte de profesores y alumnos de prácticamente toda la geografía española fue tan notable, que se le pidió volver a dirigir otro curso para el año siguiente. Así lo hizo, y en ambos años se cubrieron las plazas en su totalidad. Como aún no se habían comenzado los trabajos de rehabilitación integral de las Escuelas Doctor Velasco para convertirlas en Casa de Cultura,  las clases de cada uno de los cursos se desarrollaron en las aulas del Instituto “Bernardino de Escalante”. Las conferencias semanales se impartían en la antigua capilla de aquellas Escuelas, donde  hoy  se ubica el cine de la Casa de Cultura.

Dada mi relación de amistad y de trabajo con el Notario de Laredo D. José de Ellacuría y Beascoechea, primo carnal del Padre Ignacio (como se ve, su primero y segundo apellidos son coincidentes en ambos), y en mi condición de coordinador municipal de los cursos de verano entre el Ayuntamiento de Laredo y la Universidad de Cantabria, acompañé al Alcalde D. Juan Ramón López Revuelta, junto con el Rector, a saludar a tan destacada personalidad, conversando con él en diversas ocasiones.

El Padre Ellacuría era natural de Portugalete, donde había nacido el año 1.930. Su primo era natural de Sestao y durante 19 años fue Notario de Laredo. Me contaba por aquellos días Don José (fallecido en Laredo el 12 de Junio de 2.009) que Ignacio tenía otro hermano jesuita, y otro más sacerdote y que el padre de ellos, tío por tanto de Don José, al enviudar ingresó también en la comunidad jesuita. Y recordaba igualmente que su tío decía que la inteligencia de Ignacio era inabarcable y que “en su pensamiento  no había sombras, todo era claridad, todo era lucidez”.

Recuerdo la cena que se le ofreció al Padre Ellacuría por parte de sus alumnos, al finalizar el curso que impartió en el verano de 1.986, a la que asistimos como invitados, el Alcalde y mi persona.

Fue un acto acogedor y entrañable. A los postres, entre el murmullo de los asistentes miré al P. Ellacuría y me impresionó su gesto. De pie junto a la mesa, segundos antes de tomar la palabra, con  un semblante serio y una mirada indeterminada, daba la impresión de encontrarse en una profunda abstracción, en una absoluta concentración. Curiosamente el fotógrafo que se encargó para recoger el evento, obtuvo una imagen que captó aquella expresión de su rostro. ¿En qué pensaba? Nunca lo sabremos.

Al despedirnos, notamos que su semblante reflejaba seriedad y tristeza. Conociendo la tensa situación política en El Salvador, al ser preguntado si sentía preocupación al regresar, nos confesó que sería ingenuo por su parte si dijese que retornaba tranquilo. Que lógicamente sentía miedo, temor, pero que tenía que volver para estar con el pueblo salvadoreño en momentos tan cruciales. Nos saludamos y aún retengo la expresión grave en su rostro amable y en su mirada inteligente.

Don José María Ureña Francés sustituyó como rector a González de Posada, pasó el tiempo y en 1.989 , como se ha indicado, se produjo el vil y múltiple asesinato.

La Corporación municipal laredana quiso perpetuar el recuerdo del P. Ellacuría, y en 1.990 sustituyó el nombre de la Avenida General Mola por el del Jesuita desaparecido.

En los primeros meses del siguiente año, 1.991, el Ayuntamiento de Laredo propuso al nuevo Rector de la Universidad de Cantabria, Don Jaime Vinuesa Tejedor, rendir homenaje, en los cursos del verano de ese año, al Padre Ellacuría. Le pareció bien al Rector y la Universidad cursó invitación a quien fué Rector de la Universidad de El Salvador, Jon Sobrino, para desplazarse en el mes de Agosto a Laredo. Como quiera que una serie de compromisos con otras Universidades adquiridos con anterioridad le llevaban a estar ausente de El Salvador y de España durante todo ese mes, Juaristi designó al jesuita Rodolfo Cardenal para que le representase en el homenaje al P. Ellacuría en Laredo.

Cardenal era un joven brillante y estrecho colaborador del P. Ellacuría. Impartió una soberbia conferencia, que versó sobre la personalidad de su compañero asesinado y la labor que desempeñaba la Universidad que dirigía. Que destacó como un pensador excepcional, y que fue un referente en la teología de la liberación y se reafirmó como un intelectual comprometido con la realidad y al servicio de las mayorías populares empobrecidas, manteniendo una posición crítica con las clases dirigentes salvadoreñas. Y que las autoridades civiles y militares veían en él, con sus constantes denuncias de injusticia, un enemigo muy incómodo.

En la cena-homenaje que se brindó al Padre Cardenal, a la que asistieron miembros de la familia Ellacuría, me correspondió estar junto a aquél. Me contó que era nicaragüense, sobrino del Obispo Cardenal (qué curiosa la coincidencia de titulación –Obispo- y de apellido –Cardenal-), quien formó parte del gobierno de la “contra” al mando del Presidente Daniel Ortega, como Ministro de Cultura de Nicaragua, hecho que sentó muy mal en el Vaticano, hasta el punto de que en la visita que efectuó al país el Papa Juan Pablo II, en un intento del obispo de congraciarse con éste, intentó besar su anillo papal, lo que no consintió el Papa, como se vio en aquella imagen gráfica que dio la vuelta al mundo.

Pero asimismo, por ironías del destino, Rodolfo Cardenal era sobrino de Violeta Chamorro, viuda del afamado periodista Pedro Chamorro, asesinado durante la dictadura de Somoza, en Nicaragua. En 1.990 Daniel Ortega perdió las elecciones ante su opositora Violeta Chamorro, la cual ostentó la presidencia de Nicaragua de 1.990 a 1.997.

Así pues, Rodolfo Cardenal era sobrino de dos grandes figuras públicas ideológicamente contrapuestas y enfrentadas.

Me contó que en la Universidad tenían un pequeño refugio, donde se guarecían cuando se producían las provocaciones del ejército salvadoreño.

En la noche de aquel 16 de Noviembre de 1.989, se oyó el paso de camiones con soldados bordeando el campus. Rodolfo Cardenal dijo a Ignacio Ellacuría que tenían que ir al refugio, pero éste se negó, alegando que ya no le asustaban esas provocaciones. Como el ruido de los camiones aumentaba, Rodolfo insistió, pero Ignacio, enfadado, dijo que él de allí no se movía. Ante lo cual, Rodolfo se retiró.

Pocas horas después, en la nocturnidad de la noche se unieron y consumaron la  masacre y la tragedia.

He dudado mucho en narrar en estas líneas lo que me confesó Cardenal. Venciendo mi propia sensibilidad, eludiendo protagonismo y con total lealtad a la verdad, trato de reproducir su relato.

Tras el tiroteo, al desaparecer los camiones y la soldadesca, cayó un espeso silencio. Cuando se descubrieron los cuerpos asesinados, los de los cinco jesuitas junto al césped, y en otro lugar los de Ignacio y las dos empleadas, madre e hija, sus cuerpos yacían abatidos.

Pero cruelmente se habían ensañado con el Rector. Habían dirigido sus armas,  principalmente, a su cabeza, a su cerebro pensante, como queriendo vengar el órgano superior de donde emanaba el pensamiento, la inteligencia y el valor para defender a los necesitados y para denunciar tanta injusticia social, tanta marginación y tanta pobreza.

Este terrible testimonio me sigue acompañando desde entonces.

En un reciente viaje a San José, California, donde reside nuestro hijo mayor, visitamos con él la Universidad de Santa Clara, regida por los jesuitas. En una zona ajardinada del campus, junto a la iglesia, hay seis sencillas cruces de madera pintadas de blanco, cada una con el nombre de los seis jesuitas masacrados. Ante ellos rezamos, en silencio, una sencilla plegaria. Por ellos, por la paz, por todos.

Victoria López Alonso en la Universidad de Santa Clara, California ante el jardín de recuerdo a los jesuitas asesinados en el Salvador
Victoria López Alonso en la Universidad de Santa Clara, California, ante el jardín de recuerdo a los jesuitas asesinados en el Salvador

R. de F.

(Artículo publicado en la revista "De Laredu, Lin".)