«Gran Batalla de Flores», el orgullo de una fiesta centenaria

15 de septiembre de 2008

rufo de francisco marín laredo

El día 29 del pasado mes de Agosto de 2.008 conmemoró Laredo, con todos los honores, la celebración del primer centenario de su fiesta reina, como es la "Gran Batalla de Flores".

Como era de esperar, Ayuntamiento, carrocistas, asociaciones, peñas, instituciones, entidades y vecindario, unieron voluntades en orden a lograr el máximo esplendor en la conmemoración de un magno espectáculo, como es esta gala floral en la que se libra la más pacífica, bella e incruenta de las batallas, donde los ingenios o máquinas de guerra han sido sustituido por esplendorosas carrozas, tapizadas de flores y rematadas con pétalos de rosas, y hasta los ‘proyectiles’ que se lanzan, a modo de cruce o vínculo afectivo entre carroza y público asistente, están formados por inofensivas serpentinas y ‘bolas de nieve’ como son los confeti envueltos en papel de seda, todo ello dentro de un ambiente multicolor cargado de alegría desbordante, de ingenio y de buen gusto.

Laredo, como los demás pueblos y ciudades del litoral, nació y vive abierta a la mar. Cuando a principios del siglo pasado se pensó en organizar un festejo atractivo y novedoso, teniendo en cuenta que la población de esta Villa en su mayor medida era de origen pescador, se decidió que para dar al espectáculo ese matiz marinero, tenía que celebrarse en el agua, en la dársena. Recordemos cómo ocurrió:

Transcurría en Laredo un cálido y placentero mes de Agosto del año 1.908, y había un buen número de laredanos que, afincados esencialmente en Cuba y Argentina, donde regentaban sus negocios e industrias, regresaban, si no todos los años, sí con regular frecuencia, a su villa natal. Entre ellos se encontraba Nicasio Escalante Castillo, que fue quien propuso la celebración de una fiesta que tendría lugar en la mar, en la dársena del puerto, terminado el año 1.884, el cual aún no contaba con el espigón Norte, que se inició durante la Dictadura y fue finalizado al término de la II República, en la que participarían las embarcaciones existentes en el Cabildo, eso sí, adornadas para la ocasión.

El Cabildo o Sociedad de Pescadores, ocupaba un inmueble situado frente al Ayuntamiento, el cual fue expropiado por éste muy poco tiempo antes, para la construcción de la nueva Casa Consistorial, que no se llegó a edificar, en el lugar que hoy ocupa el Banco de Santander. Tras esa expropiación, el Cabildo construyó su nueva sede, en planta baja, donde se ubica, ampliada, la actual Cofradía de Pescadores de San Martín. Por aquellos años el número de socios que constituían la Sociedad ascendía a 580. En cuanto a las embarcaciones de pesca, de las 126 existentes, el mayor número de ellas eran las traineras, 79 en total con un arqueo de entre 3 y 5,30 toneladas, seguidas de los botes que totalizaban 40, de entre 1 y 1,40 toneladas. Unas y otras, movidas y gobernadas a base de remos.

Aquella propuesta fue recogida con agrado, y el propio Escalante pudo disponer de una amplia trainera. Puesto al habla con el entonces estudiante de arquitectura, el también laredano Gonzalo Bringas, éste diseñó los ornamentos para reconvertirla en una airosa góndola, que fue bautizada como "La Argentina".

Tuvieron la ocurrencia de tender entre palos unas finas alambres de las que colgaban decenas de brillantes sardinas. Brillantes pero no sabrosas porque no eran comestibles, ya que las de la góndola habían sido recortadas en láminas de hojalata bruñida, que resplandecían al sol en sus movimientos. Asimismo adornaron la trainera con guirnaldas de flores en forma de arcos.

La histórica fotografía que acompaña estas líneas recoge la góndola "Argentina", atracada junto a una de las escaleras del actual puerto, prácticamente ocupada por jóvenes mujeres que lucen elegantes vestimentas y amplios sombreros. A la derecha de la imagen, aparecen hombres, mujeres y niños, que contemplan la escena desde el puerto. ¡El novedoso espectáculo marino que se organizó en Laredo ese año 1.908, estaba a punto de comenzar!

Ni que decir tiene que la fiesta constituyó un clamoroso éxito, ya que fueron numerosas las personas que embarcaron en las lanchas participantes, que sobrepasaron la veintena, y pudieron gozar activamente del espectáculo, el cual se desarrolló, como se dice, en la dársena, lanzándose de lancha a lancha desde serpentinas hasta flores y confeti.

La góndola de Escalante iba provista al parecer de una inacabable reserva de caramelos y de menudos y sabrosos confites de pastelería que a manos llenas arrojaban sus ocupantes al resto de las embarcaciones, además de las sardinas ‘sintéticas’ de hojalata. Parece que los improvisados gondoleros no escatimaron gastos y prácticamente tiraron la casa por la ventana, o si se prefiere adecuar el dicho a la circunstancia, lanzaron la embarcación por la borda. La mayor parte del vecindario seguía expectante, aunque de forma más pasiva y segura, el desarrollo del festejo, desde los propios muros del puerto pesquero.

La alegría de las gentes a bordo de las embarcaciones era exultante y contagiosa, y de vuelta aquellas al regazo maternal de los muelles, tras haber gozado más que sufrido la primera batalla naval más tranquila, desenfadada y alegre de las que se hayan celebrado jamás en esta villa marinera, el destino de la recién inaugurada confrontación quedaba firmemente labrado en el ánimo de los pejinos todos. ¡Había nacido la "Gran Batalla de Flores" de Laredo!

Pero se imponía establecer para las sucesivas celebraciones del espectáculo una no solo importante sino imprescindible modificación. Y es que realmente sólo podían participar activamente en la Batalla, las pocas personas que, además de los tripulantes, podían ir en las pesadas lanchas, algunas de reducida eslora y muy poca manga. De otro lado, en el acaloramiento de la fiesta, al moverse para lanzar serpentinas o recoger caramelos y confituras, las embarcaciones se balanceaban peligrosamente, con riesgo evidente y real de volcarlas, lo que podía constituir toda una tragedia que era absolutamente preciso evitar.

Se creó una Comisión el año 1.909, para tratar sobre ese importante tema, formada, entre otros, por Nicasio Escalante, Gonzalo Bringas, Tomás Dehesa y Nicolás Gereda, además de los representantes municipales.

Estudiados que fueron diversos proyectos e ideas, desechado el elemento marino, no quedaba más alternativa que trasladar el festejo a un soporte mucho más consistente, donde -como gustaba decir a nuestros antepasados- desde tiempos remotos 'pisa el buey', es decir, a tierra firme.

Pero, principalmente, se esbozaron las bases que habrían de dotar de contenido a la propia fiesta. Así, se convino en que la raíz del festejo debería consistir en el desfile de un buen número de carrozas, rematadas en su grado máximo con flores y hojas, cuyas carrozas podían ser movidas o empujadas por personas, o bien tiradas por caballos. Para animar a los vecinos a participar, se convino en establecer una serie de premios en metálico, por parte del consistorio, así como regalos de particulares de artículos diversos. Se creó un jurado calificador, se fijó como fecha de celebración el último domingo de Agosto, y hasta se estableció como hora de comienzo, las cinco de la tarde.

Fruto de esos acuerdos, ese año 1.909, la segunda "Gran Batalla de Flores" tuvo lugar, un domingo de Agosto, pero trasladada a la más amplia de las vías públicas de Laredo, como es el Paseo Menéndez Pelayo, conocida popularmente, hasta el día de hoy, como "la calle del Paseo". La pista sobre la que iban a competir las carrozas participantes quedaba determinada por un tramo, uno de cuyos extremos estaba comprendido entre los jardines situados frente al viejo Ayuntamiento mientras que el restante extremo del Paseo se situaba donde éste se encuentra con la Calle Juan José Ruano. En ambos puntos giraban las carrozas, alrededor de una inmensa barrica recubierta con la bandera nacional, que se situaba en el centro de la vía.

Ese año y en los sucesivos, en las dos márgenes de dicho Paseo se instalaban unas hileras de grandes barricas o toneles, separadas entre sí, y en tramos aislados se montaron tribunas de madera, adornadas o revestidas de banderas, suntuosas colchas, etc., que alquilaban y ocupaban grupos de familias distinguidas o de amigos, invitados y forasteros. El resto de los espacios lo ocupaban los vecinos, que bien de pie junto a las tribunas, o ya sentados sobre los toneles o en el suelo, disfrutaban también del espectáculo. La tribuna presidencial quedó instalada en la margen derecha del Paseo, a la altura de las "casas de los hierros" hoy demolidas. En los años siguientes, esa tribuna se situó, prácticamente a la misma altura, pero en la margen opuesta, frente a las "casas de Don Lucas", más altas, para evitar que los rayos de sol de Poniente dificultasen al jurado y a las autoridades la visión de la fiesta.

El primer premio de esta segunda edición, la primera celebrada en tierra, fue para la carroza de Nicolás Gereda. También concursaron carrozas de papel, que recibieron premios adicionales, y desfilaron, mezclados entre las carrozas, carros engalanados, tirados por caballos, así como numerosísimos vehículos particulares. Pocos años después se suprimieron éstos, por el estruendo, molestias y contaminación que causaban.

Según recogió la prensa, el espectáculo fue todo un éxito de público asistente, y la colonia veraniega, ya muy numerosa y consolidada, gozó asimismo de un nuevo festejo. La "Gran Batalla de Flores" nació predestinada para ser reina y señora de las fiestas de un pueblo cargado de densa historia.

Fue en el año 1.940 cuando la Comisión organizadora de la Batalla decidió que la misma se celebrase en día laborable, y no en domingo, acordándose poco después que ese día fuese viernes, para evitar las masivas llegadas de visitantes, que para entonces rebasaban las treinta mil personas, colapsando la villa, Ello cuando aún no había llegado el fenómeno del turismo de masas, con la ampliación constructiva y poblacional hacia El Puntal, que trajo consigo en épocas posteriores, lo que hizo a su vez duplicar con creces aquel número de personas, que acudían de los pueblos próximos, del pais vasco y de las restantes provincias limítrofes.

En la década siguiente a su creación, en la Batalla participaban entre 20, 30 y más carrozas. En las sucesivas, su número se estabilizó entre 12 y 15, y ese viene a ser, más o menos, el que se viene manteniendo.

Desde el año 1.909 y hasta el año 1.972, con la excepción del año 1.936 que marcó el inicio de nuestra Guerra Civil, es decir, a lo largo de 62 años, la gala se vino celebrando en el Paseo Menéndez Pelayo.

Los años 1.937 y 1.938, en plena contienda civil, la fiesta fue, al parecer, particularmente modesta, casi testimonial, y ello gracias al empeño de unos pocos carrocistas, que confeccionaron con gran sacrificio, unas carrozas sencillas., pero dignas. Los premios debieron ser tan bajos, que apenas cubrieron gastos, según contaban. El año 1.939, ya se volvió a editar el programa oficial de fiestas del Ayuntamiento de Laredo, y en él aparece anunciada debidamente la Batalla.

Sin embargo, este año 2.008, con motivo del Centenario de la fiesta, dado el extraordinario número de carrozas participant El año 1.973 su circuito fue trasladado a la entonces recién modernizada Avenida de José Antonio, cuya amplitud de calzada ofrecía un buen marco para su desarrollo, con 800 metros de pista -400 de ida otros tantos de vuelta- acotadas íntegramente sus dos márgenes con gradas, ya metálicas, para el público. Este itinerario permaneció cuatro años, hasta 1.977.

Al año siguiente, 1.978, a iniciativa de la Comisión de la fiesta, integrada por Don Manuel Quintana, Don Francisco Bárcena y Don Eduardo Gómez, la Comisión Municipal de Cultura acordó trasladar la fiesta a la Alameda de Miramar, con un circuito de 600 metros de pista de carrozas, duplicándose a 1.200 metros el perímetro de espectadoras. En tres de sus lados se instalaban gradas, así como en las calles que la bordean, López Seña, Padre Ellacuría, Marqués de Comillas y Comandante Villar, situándose la tribuna de autoridades, invitados y Jurado, en esa última calle. Este circuito, a lo largo de 29 años, ha resultado el más idóneo, céntrico y bello, girando alrededor del mayor pulmón vede con que cuenta Laredo.

Sin embargo, este año 2.008, con motivo del Centenario de la fiesta, dado el extraordinario número de carrozas participantes, veintitrés en total, ha habido necesidad de ampliar el circuito, que incluye los tramos finales de las Calles López Seña y Marqués de Comillas.

La no celebración del festejo el año 1.936, aclara la aparente contradicción del cartel anunciador de la que acaba de conmemorarse: "Año 2.008. Centenario de la Batalla de Flores – 99 Edición". Ese cartel está inspirado en la referida fotografía de la primera celebración en la mar.

Si se repasa la ya larga historia de la "Gran Batalla de Flores", se verá que muchas cosas han cambiado, pero hay algo que permanece inalterable, como es el denodado empeño de los carrocistas laredanos –sin olvidar los de otros pueblos próximos- por mantener este festejo incomparable, diseñando y construyendo, durante muchos años en condiciones bien precarias, magníficas carrozas abordando todos los temas imaginables, desde la reproducción de edificaciones singulares, ayuntamiento, torres, palacios, fuentes, escudos heráldicos, plazas de toros, embarcaciones, trenes, aviones, calesas con caballos, delicados objetos como jarrones chinos, infinitas alegorías, monstruos, dragones, dioses mitológicos, etc. Fueron numerosas las representaciones de obras de pintores afamados, escudos, delicadas figuras de arte, orfebrería, etc., las recubiertas no con flores enteras sino con pétalos, que nada más aparecer en la pista, arrancaban el aplauso unánime de los miles de espectadores que contemplaban la Batalla.

En cuanto a los premios en metálico, rara vez o muy escasamente compensan el trabajo, el riesgo y responsabilidad que conlleva la elaboración de una carroza.

Por mencionar tan solo algunos motivos, nuestros mayores recuerdan, a modo meramente anecdótico y en modo alguno limitativo, por ejemplo en los años veinte, la representación de la Fuente de la Cordera, con sus grifos y con las 4 cabezas de los corderos que le dan nombre, perfectamente tallados en madera. Al pasar frente a la tribuna presidencial, una linda laredana desde la carroza ofreció agua a las autoridades. Del grifo salió agua fresca que recogida en una jarra entregó en una bandeja con "calderetas" o pequeñas jarras metálicas. Todos bebieron el agua fresca y cristalina que manaba de aquella fuente, la cual obtuvo el primer premio el año 1.924

O bien, al final de los cuarenta, una carroza de tamaño medio con una casita minúscula, de cuya chimenea salía humo. De repente, desde su interior se escuchó, potente, la popular canción de entonces, "Mi casita de papel". Rápidamente los laredanos identificaron la trompeta profesional, de Manuel Cendoya, que integraba la Banda Municipal de Música y se preguntaban por la incómoda posición corporal del buen Cendoya en su interior y por el calor que tuvo que soportar. Fue muy aplaudida.

Y, en fin, aquella bella carroza, de una espléndida calesa tirada por dos briosos corceles blancos, portando a una dama con su séquito, titulada "Paseo Real". Los nobles caballos, resultaron anatómicamente perfectos. Primer premio del año 1.957.

Hasta que en tiempos más recientes hicieron su aparición nuevos y muy ligeros materiales, durante decenios las carrozas se construían con pesados armazones de madera forrado de tablas o listones, elaborándose las figuras especiales en escayola.

Por último la víspera de la fiesta y esencialmente por la noche, un buen número de familiares, amigos y conocidos de cada carrocista se reunían -y así se sigue haciendo- en torno a la carroza, cubierta de toldos para protegerla de las inclemencias del tiempo y provistos de clavos y martillo, comenzaban a clavar, una a una, las flores, dalias, margaritas clavelones, etc., bajo la indicación de los responsables. Para facilitar esa delicada tarea, se solían pintar con colores las partes a cubrir, de tal modo que una zona que tuviera que llevar, por ejemplo flores rojas, se pintaba previamente de ese color.

Desde hace dos o tres años, aunque algunos carrocistas siguen sujetando las flores con clavos a la madera, hoy la mayoría lo hacen fijándolas al "porexpán", con más facilidad, a base de palillo a modo de clavos.

Los bordes y aristas de la carroza, se siguen cubriendo con las hojas grandes, verdes y brillantes de los árboles magnolios, fijándose con grapas, resultando el remate ideal para estas partes.

Ante un motivo delicado, como escudo nobiliario, figura, retrato, panorámica, etc., el artista comienza su elaboración no colocando flores enteras, sino pegando, con gran arte y paciencia, pétalo a pétalo en los colores apropiados, hasta completar la obra, en un proceso semejante al de un pintor con su paleta de colores.

Esos nuevos elementos artificiales, a base de poliuretano expandido, como es el citado "porexpán", livianos y maleables, desde la década de los 80, se encuentran disponibles en prácticamente todos los grosores y dimensiones, permiten ser troceados, serrados, recortados y pegados, con gran facilidad, y al tiempo que han eliminado enormes peso, permiten ser trabajados dándoles todas las formas imaginables, desde un rostro hasta un capitel. Las carrozas, con ello, han ganado en empaque, tamaño y suntuosidad, así como en composiciones más atrevidas.

Esa actividad febril continúa a lo largo de la madrugada y se prolonga hasta la propia mañana de la Batalla, apurando las últimas horas para que las flores no se marchiten y ofrezcan una apariencia de frescor y naturalidad, dejando a su paso un aroma perfumado e inconfundible.

A esa fase nocturna de la terminación y remate de las carrozas, a la que acuden a visitar muchos, laredanos, residentes, veraneantes y turistas, se la denomina en Laredo, de modo muy apropiado, como "Noche mágica".

El reglamento establece unas dimensiones máximas y mínimas Las de tamaño mediano-grande, situadas entre los primeros premios, si están abundantemente recubiertas, pueden llevar sobre 70.00 flores.

Sus precios, oscilan: un clavel, 0,07 (11,65 de las antíguas pesetas), y una dalia, 0,08 euros (13,31 ptas.), por unidad.

No se olvide que en un clima tan inestable como es el del Norte, bastan unos días de lluvia a destiempo en Julio o Agosto, para arruinar o dañar grandemente los sembrados de flores existentes. De ahí el valor adicional de la Batalla en una región que no es, climatológicamente hablando, como, pongamos por caso, Valencia, conocida justamente como "la tierra de las flores".

Resulta obligado traer a la memoria, por elemental sentido de gratitud, el sincero, emocionado y entrañable recuerdo de tantos y tantos carrocistas, muchos de ellos ya desaparecidos, y cuya relación nominal alargaría en exceso este trabajo, auténticos artistas que desde sus inicios, hicieron de la "Gran Batalla de Flores", con su iniciativa, talento, esfuerzo y dedicación, un bello, elegante y atractivo espectáculo, que cada año trata de superarse a sí mismo, y que es orgullo, legítimo por otra parte, de los laredanos y asimismo de quienes contemplan con regusto y placer el desarrollo majestuoso, pleno de señorío, de una fiesta imperecedera, donde el arte se viste de flor.

R. de F.

(Artículo publicado en el número de Julio-Septiembre de 2008 de "La Revista de Cantabria".)