20 de abril de 2008
rufo de francisco marín laredo
Recuerdo nítidamente mi primer viaje a Bilbao. Fue el año 1.947 y yo tenía entonces 8 años de edad.
Mi padre viajaba con cierta frecuencia a esta Villa, porque el ramo de Curtidos era más abundante y surtido que el que existía en Santander, y así recuerdo que aunque los viajantes o representantes de aquellos establecimientos visitaban la zapatería de mi padre ofreciéndole sus fabricados (suelas de todos los tamaños y grosores, badanas, tacones de goma, clavos, pegamentos y disoluciones, cortes de zapatos y de botas para los calzados a medida de determinados clientes), así y todo había ocasiones en que, por urgencia, mi padre no tenía más remedio que emprender viaje para reabastecerse.
Ese día hicimos el viaje en coche, aprovechando la invitación que le había hecho a mi padre un amigo suyo que trabajaba en “El Correo Español – El Pueblo Vasco” y que cada mañana salía de Bilbao con los periódicos que acababan de aparecer, para distribuirlos en diversas localidades de Cantabria, como Castro-Urdiales, Laredo y Santander.
Cuando llegamos a Bilbao, la grandiosidad de la ciudad me sobrecogió. Lucía mucho el sol. Los enormes edificios, las inmensas calles, los coches, los tranvías, los trolebuses, los ruidos y la gente, tanta población yendo de un lado para otro a toda prisa, podían con la capacidad de asombro de un niño de pueblo. Me quedaba absorto viendo la gran ciudad.

Bilbao años 40 - Banco de Vizcaya y Gran Vía
Lo primero que hicimos fue descender por Gran Vía y cruzar el Puente del Arenal y, al hacerlo, mi padre me contó que al haber sido destruido ese puente en nuestra Guerra Civil, hasta que se volvió a rehacer, la gente tenía que cruzar la Ría sobre un improvisado paso formado por barcazas unidas entre sí, y que varias veces él tuvo que hacerlo. También me explicaba los principales lugares y monumentos por donde pasábamos. Me llamaron la atención los grandes barcos de hierro, muy viejos y oxidados, cargados de material, que se encontraban en el Muelle del Arenal.
Poco después recorrimos las Siete Calles, para visitar los distintos Curtidos, cuyos nombres aún recuerdo: “Flores y Linacisoro”, “Onena”, “Ferrández”, etc. Repartido el pedido de cuanto necesitaba, quedaron en que por la tarde pasaría mi padre a recogerlos.
Al deambular por la parte antigua y ver las magníficas tiendas de juguetes, pedí a mi padre si podía comprarme un patinete.
Tengo fijado en mi mente el lugar, a pesar de los años. Contiguo a las Siete Calles, se alzaba una placita, en el centro de la cual se elevaba una buena juguetería, compuesta de planta baja y alta, a la que se accedía por una escalera exterior.
Preguntó mi padre por un patinete. El encargado le mostró sonriente el modelo más moderno y bonito de los existentes. Voy a intentar describirlo:
Se trataba de un prototipo de patinete, confeccionado en madera y metal niquelado. En la base, metálica, disponía de ¡un pedal! con su correspondiente cadena, que transmitía su energía a la rueda trasera.
El mango del patín, asimismo metálico, disponía de un freno.
Se trataba, evidentemente, de un prototipo de lujo.
Incluso para un niño, aquellas innovaciones me abrumaban.
Preguntado el precio, éste resultó tan excesivo que me di cuenta perfecta de la situación: ¡No era para nosotros! ¡No era para mí! Yo, sencillamente, lo que quería era un simple patinete, como el que tenía, por ejemplo, mi amigo Julianín, que yo manejaba con gran destreza.
Mi padre y yo no insistimos en ver otros modelos, y cuando nos alejábamos de la juguetería, apreté con fuerza la mano de mi padre, quien reaccionó cariñosamente apretando asimismo mi mano con aquellos fuertes dedos.
No volvimos a hablar del superpatín.
Poco después mi padre me llevó a un sencillo restaurante, donde comimos.
Recorriendo la ciudad, me mostró un bello edificio existente en Deusto, visible desde determinadas calles perpendiculares a la Gran Vía, cuya parte superior delantera exhibía la figura de un tigre. Me explicó mi padre que correspondía a una gran firma de calzado, y mis ojos permanecieron largo tiempo fijos en aquel enorme tigre.

Edificio del Tigre en Deusto
El resto de la tarde, mi padre me fue mostrando todo lo que se podía ver. Viendo que quedaba tiempo suficiente para visitar a una prima de mi madre, Lola Mata y su marido Víctor Arnaiz, montamos en un tranvía atestado de gente, para lo que tuvimos que correr y tomarlo a la carrera, y nos desplazamos hasta casa de nuestros familiares, con quienes departimos el tiempo que pudimos.
De regreso al centro, con la debida antelación, acompañé a mi padre a recoger los paquetes en los diferentes establecimientos de Curtidos, en las Siete Calles, y cargados con ellos fuimos a la Estación de Ferrocarril de Santander, en las proximidades del Puente del Arenal, donde adquirimos los billetes correspondientes.
Ascendimos las escaleras que llevaban a los amplios andenes y a una espectacular cubierta acristalada. Me asombró, y me costó muchísimo comprender que las vías de los trenes se encontrasen, no a nivel de suelo, en la planta baja, en Gran Vía, sino en la planta superior. Debió de costarle a mi padre hacerme comprender que Bilbao se compone de diversos niveles, y que el punto donde partía el ferrocarril de Santander estaba enclavado en un nivel más alto, que se salvaba mediante aquellas escaleras que la mentalidad de un niño de ocho años no acertaba a entender suficientemente.
En la cantina de ese andén, acompañé a mi padre a tomar una cerveza, pidiendo para mí un pequeño bocadillo y un mosto. Poco después, introdujo mi padre los paquetes en el vagón que encontramos más vacío, y allí nos acomodamos.
Poco a poco los vagones se fueron llenando de viajeros, y a la hora programada ¡más o menos! el tren se puso pesadamente en marcha entre pitidos, sueltas de vapor y movimientos alternativos de ruedas y levas.
En un viaje que se me hizo especialmente corto, a pesar de su larga duración, pasada siempre la hora prevista, el tren llegó a la estación de Adal-Treto.
Ayudé en lo que pude a mi padre, con los paquetes menores, hasta trasladar todo lo demás al autobús de línea “Laredo-Treto y viceversa”, de la empresa Fuentecilla.
Anochecía en Laredo cuando el autobús llegó hasta su parada habitual, aproximadamente donde hoy están situados los surtidores de gasolina, a la entrada de Laredo.
Caminando junto a mi padre, cargado éste con toda suerte de bultos, llegamos, al fin, a nuestro comercio.
Mi madre, mi hermana Conchita y nuestra tía Lolita nos esperaban.
Minutos después, en la cena, yo trataba de contar, precipitadamente, una parte de mis impresiones de aquel mi primer viaje.
Han transcurrido 61 años y tan solo me basta recordar el hecho, para que acudan a mi mente, de modo instantáneo, aquél remanso de escenas de ese mi primer viaje a Bilbao.
En cuanto al patín, puedo asegurar que desde entonces perdió interés para mí. Otros juegos y diversiones ocuparon los siguientes años de mi niñez. Últimamente, al ver el gran resurgir de este juguete en todo el mundo, es cuando pienso que si uno de los fabricantes actuales lanzase hoy al mercado aquel modelo de lujo, a pedal y con freno, sin duda que habría obtenido un rotundo éxito de ventas. ¡Seguro!
R. de F.
(Artículo publicado en el número de Abril de 2008 de la revista “De Laredu, Lin”.)