El Hostal de Laredo

21 de agosto de 2007

rufo de francisco marín laredo

Muchos recordamos haber jugado de niños en un amplio solar existente entre el “Palacete de las cuatro témporas”, sede hoy de los Juzgados de Laredo, y el chalet de la familia Arguiñarena, que hacía esquina a la Avenida José Antonio y a la Calle Marqués de Comillas.

En ese solar, que no estaba nivelado, formado por zonas de hierba, bardales y arena, en invierno se formaban considerables charcas de agua de lluvia, y proliferaban los juncos en sus inmediaciones. Pero llegado el buen tiempo, era un sitio ideal para los juegos de los chicos, y también de las personas mayores, que acudían, principalmente por las tardes, a pasar el rato, charlar, cuidar de los niños pequeños que correteaban por la campa, al socaire de los vientos dominantes, tanto del Nordeste como del Noroeste.

El año 1.952, sobre una parte de aquella campa, se construyó el “Hostal de Laredo”, propiedad del industrial D. Juan Lerma León, quien poseía desde años antes el chalet “Villa Angélica” en la Avenida de la Victoria, en el que veraneaba con su familia.

Al ultimarse la construcción, quedaba entonces delimitada claramente la calle existente, la cual, hasta ese tiempo, se confundía con el solar dicho, transformándose aquella en la que hasta hace poco ha sido Tercera, hoy Segunda Travesía José Antonio (tras la nueva denominación dada hace un par de años a la que fue Primera Travesía hoy convertida en Calle Villa de Foz).

El Hostal resultó ser una edificación moderna y proporcionada, que encajaba perfectamente en el entorno en el que se enclavaba. Se trataba de un inmueble longitudinal paralelo a la Avenida José Antonio, constaba de dos plantas, baja y primera, y sobresalía en su extremo Este una torreta con una planta más. Contaba con los adelantos más avanzados, gozaba de la calificación de Categoría 1ª A y disponía para los alojamientos, 42 habitaciones con baño y 5 en la torreta para los conductores, servicios de bar y restaurante, con cocina regional y extranjera, campos de tenis en la parte trasera, parque de garaje, y una soberbia canoa para las excursiones marítimas.

Ubicado más hacia el Norte del terreno, quedaba entre su acceso principal por la Avenida, al Sur, y el propia Hostal, una amplia zona ajardinada y de terraza, con un paso central que conducía a la entrada del inmueble, en el que todas las puertas y ventanales de su planta baja estaban formados por amplios arcos.

En el extremo Este, existía una pista circular de baile, la cual quedaba enmarcada por una airosa pérgola soportada asimismo por enormes arcos, que arrimada al cierre externo de la finca, la recorría por sus lados Sur y Este, formando un enorme ángulo. El Hostal contrataba normalmente en Madrid, durante el verano, una aceptable orquestina que incluía violinistas, que por las tardes amenizaba con sus melódicas canciones alojada en una estructura metálica a modo de cabina abierta, siendo muchos los clientes del establecimiento hotelero que al atardecer, sentados en las sillas y veladores que se instalaban a su frente, donde los camareros les servías sus consumiciones, acudían a la pista, a bailar las modernas canciones que incluía en su variado repertorio la orquestina de turno.

La responsable general fue Doña Gloria de Amézaga, cuñada de Lerma, y el primer Director, hasta el año 1.964, fue Angel, un joven y dinámico, políglota, siempre sonriente y en acción. Un laredano, Carlos Díaz Revuelta, le sucedió desde aquella fecha con igual o superior éxito. Los cargos de bodeguero, camareros, mecánicos, marineros, limpiadoras y ayudantes, recayeron también en personas de Laredo. Gracias a una muy cuidada promoción externa, el Hostal de Laredo se distinguió siempre por una clientela selecta, en la que sobresalían los súbditos ingleses, seguidos de los franceses y belgas, así como de españoles.

Cuando a partir de la primavera se instalaban en el exterior del recinto los veladores y sillas, los laredanos también acudían, pero lo hacían principalmente en verano, cuando actuaban los músicos. La consumición, que costaba 5 duros, daba derecho a utilizar la pista de baile.

Por quedar situadas la orquestina y la pista, como se dice, junto al cierre lateral oriental del Hostal, la calle aledaña, aunque sin pavimentar, sino solo nivelado y aplanado su trazado, rematado con gravilla, se convirtió en una extensión natural y hasta obligada, de la propia pista de baile del establecimiento.

Quien esto escribe “bautizó” entre la pandilla de amigos, a ese lugar concreto, como la “sala oriental” y así, en especial sábados y domingos, cuando el repertorio de los músicos se prolongaba, proponían a sus amigas o conocidas, ir a bailar a la aquella “sala”. Las chicas, sobre todo las que no eran laredanas, lógicamente desconocían el paraje y pensaban que iban a ser llevadas a una auténtica pista de baile, hasta que se encontraban con lo que había: una calle pública, muy poco transitada, eso sí, pero pegadita, eso también, a una buena orquestina que interpretaba con excelente calidad las canciones bailables de moda de la temporada.

Al principio fueron los jóvenes, pero tiempo después las personas mayores y matrimonios, así como las parejas de novios, acudían a la “sala oriental” y bailaban buenos rigodones bajo las estrellas.

En la bella fotografía del gran fotógrafo Samot que ilustra estas líneas, aparece, entre los árboles de la Alameda, en segundo plano, el templete, llamado “el quiosco”, que mandó edificar el Ayuntamiento, casi coincidente con la apertura del Hostal, que se vislumbra al fondo. A ese quiosco, construído en cemento, dotado de una cubierta semiesférica soportada por ocho postes cilíndricos, aunque su estampa resultaba aceptable y hasta airosa, no se le sacó nunca el partido que cabía esperar, al menos para el fin para el que fue concebido, quizás por las muy limitadas actuaciones de la banda municipal de música durante las fiestas de verano, en las que en la llamada Alameda del Corro, ubicada al Sur de la anterior -separadas ambas por la carretera nacional- se colgaban de los árboles hileras de bombillas en un tramo que iba desde su inicio, junto a la antígua caseta de los Fielatos hasta las inmediaciones del Campo de Fútbol, y se instalaban las atracciones de feria, como caballitos, barcas, cadenas, casetas de tiro, el circo, etc.

El Hostal de Laredo
El Hostal de Laredo desde la Alameda

En determinadas fechas y sobre todo en la verbena de la Batalla de Flores, la banda se trasladaba desde su lugar habitual, como era la balconada del Ayuntamiento, hasta el templete de la Alameda, y allí se concentraban los vecinos, a bailar con ritmos menos trepidantes y con repertorios no tan en boga como los de la orquestina del Hostal. Quizás por ello, como decimos, el templete fue infrautilizado, hasta que, caído en desuso y en abandono material, terminó por ser demolido.

Muchos recordamos cuando en una ocasión el equipo de fútbol del Barcelona, se alojaron en el Hostal la antevíspera y víspera de un partido de Liga a celebrar en Bilbao con el Atletic. Se entrenaron en el Campo de San Lorenzo, y muchísima gente acudió a ver a sus ídolos predilectos, entre los que destacaba el inolvidable Ladislao Kubala.

El Hostal de Laredo permaneció en funcionamiento hasta el año 1.971. Su derribo causó primero estupor y luego tristeza. Desaparecía una instalación hotelera de cuidada categoría, bella estampa y ambiente selecto, que elevó la de por sí muy reducida capacidad de alojamiento turístico en Laredo.

Durante su prolongada permanencia de 19 años, el Hostal de Laredo marcó distancias, dejó un sabor de cuidado nivel, de selecto confort, y gozó de la consideración de una de las mejores instalaciones hosteleras de la Provincia.

En su lugar se construyó, al final de la década de los setenta, por fases, el edificio “Las Alamedas”, que ocupó íntegramente el solar sobre el que se asentaba el Hostal de Laredo, lo que da idea de la amplitud de sus instalaciones.

Un laredano, D. Segundo del Río García, quien trabajaba para la empresa Izade, de los ya desaparecidos D. Francisco Izaguirre Gutierrez y D. Andrés de la Dehesa Blanco, se encargó del encofrado de las estructuras de zapatas, vigas y pilares del Hostal. Y, tiempo después, fué la promotora “Rufino Santisteban”, de la que formaba parte el propio del Río García, la que adquirió a D. Juan Lerma la finca para edificar “Las Alamedas”. Es decir, la misma persona que ayudó a levantar aquel bello edificio, fué la encargada de su derribo y de la nueva construcción.

Como curiosidad, la estructura metálica de forma exagonal, revestida su trasera y techo con una apropiado colgadura de tejido, que albergaba la orquestina, bajo la pérgola, aún se conserva. ¿Dónde? En el jardín del chalet de la familia del desaparecido Doctor Don Gustavo Peña Laredo, de entrañable recuerdo, en la Calle Marqués de Comillas, esquina a la Calle Padre Ignacio de Ellacuría.

Cuando en verano se pasea por las inmediaciones, en la Avenida de José Antonio, quien lo conoció, con un poco de imaginación aún puede recordar la fachada principal del Hostal, la pista de baile con su pérgola, y justo al lado, separado por su cierre lateral, la calle sin pavimentar transformada en “pista oriental”, en la que tantos laredanos y laredanas bailaron al son de las melódicas canciones que con harta maestría interpretaba la orquestina del inolvidable Hostal de Laredo.

R. de F.

(Artículo publicado en el número de Junio-Julio de 2007 de la revista “De Laredu, Lin”.)

NOTA: El párrafo en cursiva fue añadido por el autor con posterioridad a la publicación del artículo en la revista “De Laredu, Lin”.