Las roscas

6 de junio de 2007

rufo de francisco marín laredo

—“¿Dónde vamos esta tarde?”, pregunta uno de los chicos.

—“¡Al Castillo, que llega el Domingo de Ramos!”, responde autoritario el bigardo de la muchachada. Y añade: “Quedamos a las cuatro, en las Escalerillas. ¡Llevar navajas!”.

Se desparraman los chicos hacia sus respectivos domicilios, para disponerse a comer. Van todos contentos, porque al ser jueves, por las tardes no hay escuela ni colegio, y al ser primavera anochece más tarde, en uno de los años de principios de los cincuenta.

Más o menos a la hora fijada, en el inicio de las Escalerillas, situadas al final de la Calle Espíritu Santo, van apareciendo los muchachos; unos, amigos; otros, compañeros de clase, y por tanto de edades parejas. Algunos llevan en la mano una navaja “automática” que muestran ufanos, accionando el mecanismo de una sencilla palanquita abatible, que al levantarla hace que la hoja, oculta en el mango, salgo disparada, produciendo un “clic” muy audible.

Uno, con su reluciente navaja menor, la abre y comenta que puede usarla sin miedo a que se la quiten “los guardias” porque la longitud de la hoja es inferior al ancho de los cuatro dedos –exceptuado el pulgar- de su mano, estirados y juntos. Su fuerte debe ser la anatomía humana, porque dá su particular explicación, como es la de que si jugando o sin querer “pincha” a otro en el pecho, no hay problema de que la hoja le llegue al corazón…

Escalerillas arriba, atravesando velozmente la Puerta de San Lorenzo, conocida como Puerta de Bilbao, llegan hasta la carretera general, ya en el Alto de Laredo, la cruzan y toman la antigua calzada que lleva a Las Cárcobas, desviándose en la primera bifurcación a la derecha, lo que les conduce por un camino de pedregal, hasta una ligera loma donde se yergue, aún airoso, aunque muy desmochada su parte superior, “El Castillo”.

Después de jugar un buen rato, unos por su alrededor y otros en el espacio interno de la vieja fortificación, la cual se encuentra “rellena” o colmatada por entero de tierra y piedras sueltas, el grandullón del grupo marca el itinerario y se encaminan hacia el paraje contiguo conocido como Hoyo Villota.

Esparcidos unos y otros, van recorriendo los cerramientos naturales de las distintas fincas rústicas, formados por árboles, matorrales y arbustos. Entre éstos, lo que buscan son los avellanos, que examinan en todo su desarrollo para ver si encuentran alguno que tenga ramas en disposición de una horquilla, como un dedo o algo más de gruesa. No es fácil encontrar una en forma de Y tan fácilmente. Una está demasiado abierta, en otra, por contra, están muy juntos los extremos superiores, en la mayoría de los casos las que ven son endebles. Miran, apartan ramas, se meten entre los arbustos, arañándose las piernas, lanzando alaridos al rozar unas ortigas, que hacen que la víctima pida buscar un caracol, para humedecer con la especie de baba que desprende, la piel enrojecida, lo que parece calmar, por lo menos momentáneamente, el intenso picor. Uno afirma que si no se respira al tocar una ortiga, ésta no pica, y algunos hacen la prueba con cautela. Parece que funciona… menos en uno, que retira el dedo entre palabrotas y dirige una mirada furibunda al ocurrente.

Además de las horquillas, los chicos buscan un ramo de laurel, del tamaño adecuado, que encuentran con relativa facilidad.

Al cabo del tiempo vuelven a juntarse y muestran unos a otros lo que han conseguido. Hay algunos que han encontrado una horquilla perfecta. Otros… no tanto; bueno, en otra ocasión será.

Las horquillas, naturalmente, sirven para confeccionar los tiragomas ó tirachinas, para lo cual los chicos, una vez en el pueblo, van unos donde Pedro “el de las bicicletas”, en su taller situado en un bajo de la casa de la familia Vélez-Cachupín, hoy de los Avendaño, enclavada al inicio de la margen izquierda de la Calle Reconquista de Sevilla, frente a los surtidores de combustible. Lo primero es preguntar a Pedro cuánto cobra por un par de gomas de unos 35 ó 40 cms. de largas por 1,5 ó 2 cms. de anchas, que no sean muy gruesas pero sí elásticas, que estiren mucho. Otros muchachos, acuden a la Librería “Bárcena”, donde Francisco Bárcena, el buen “Paco” vende gomas elásticas “Ebro”, ya cortadas de fábrica, y que estiran extraordinariamente, aunque son, lógicamente, más caras. Como la economía no es precisamente boyante, los chicos piden en sus casas, normalmente a sus madres, el par de reales que normalmente cuestan esas gomas, y vuelven donde Pedro, quien de una cubierta de goma desechada, la corta a tijeretazos en las dimensiones pedidas.

El siguiente paso es ir a acudir al comercio de Rufo para pedir, que no adquirir, un trozo de cuero usado. Después, con cuerda fina se ata un extremo de cada goma a uno de los brazos inclinados en V, lo mismo se hace con el otro, y los restantes extremos se unen al trozo de cuero, que es el que abrazará la china ó pequeña piedra o la canica o la tuerca, etc. que haga de munición. Al tomar la horquilla con una mano, se estiraban las gomas con la otra, cogiéndolas del cuero y lo que contenía, se apuntaba al gorrión, se soltaba el cuero y salía el proyectil disparado a través de la horquilla, siempre, en mi caso, varios grados a babor… o estribor, o por elevación, pero nunca, repito, nunca en el blanco fijado. (Y pensar que años después, cuando pasé por la Armada, fui cabo apuntador…).

Tiragomas
Tiragomas

Queda por confeccionar el ramo, para lo cual se cortan las hojas de laurel por su mitad, en diagonal, y luego se colocan unos lazos de papel seda, de colores. Quedan para el final, las roscas. ¡Muy fácil! Se compran en alguna de las dos confiterías, “Cavia” y “La Constancia, ambas en la Plaza de la Villa, pero…

—Pero, ¿qué?

Bueno, Es que… no es tan fácil. No siempre disponen los chicos del dinero para comprar una docena de rosquillas, y si afortunadamente lo hacen, la atracción de aquellas es tan grande, en tiempos de racionamiento, que acaban comiéndolas al primer impulso. Aunque siempre hay una solución. Ya se verá…

Ramo de Pascua con roscas
Ramo de Pascua con roscas

Llega el Domingo de Ramos, y a las doce, se celebra en Santa María la misa mayor. El interior del templo está repleto, además de los fieles adultos, de chicos y chicas, cada uno con su ramo de laurel adornado de lazos y de roscas. Muy pocos llevan palmas, que quedan prácticamente reservadas para la Corporación Municipal que acude en pleno a la ceremonia.

En un momento del acto litúrgico, llega la bendición de los ramos y palmas. Se produce un movimiento general, y niños, chicos y chicas, levantan con cierto estruendo sus ramos de laurel.

Pero, fijándose bien, atisbando de cerca algunos ramos, repletos, cargados de roscas, se nota que éstas tienen algo de extraño, algo especial. Quizás sus vivos colores, puede que sus grosores desiguales.

Basta mirar detenidamente uno de esos ramos para comprobar que las abundantes roscas que contiene… ejem… están formadas… por corchos circulares de los usados por los marineros para mantener a flote las redes en el agua durante las faenas de pesca, pintados con los colores básicos de las pinturas que en cualquier bodega del puerto se guardan para pintar las embarcaciones.

Una vez bendecidos los ramos, vuelven a su posición normal, y al cabo termina la eucaristía. Se abren las puertas de la Iglesia y salen los fieles al exterior.

En el momento en que los más pequeños que no van acompañados de sus mayores traspasan el umbral de la puerta llevando sus ramos, los muchachones alargan sus robustos brazos, arrancan las roscas “de verdad” y las devoran en un santiamén. Muchos lloriqueos de los pequeños o de las niñas, más indefensos, y la reprobación de los adultos, pero la cosa no pasa de ahí.

Continúan los fieles saliendo del templo, Calle Santa María abajo, mientras que la muchachada, limpiándose descaradamente la boca de los restos de las rosquillas ajenas, se deslizan ruidosamente por otras calles, con sus propios ramos, sin sentir la menor atracción por las coloridas “rosquillas” que cuelgan con profusión.

¿Será que tienen sabor extraño? ¿Que saben ligeramente a… a corcho?.

¡Y que a ninguno se le ocurra pedir el “libro de reclamaciones”…!

R. de F.

(Artículo publicado en el número de Abril de 2007 de la revista “De Laredu, Lin”.)