29 de marzo de 2007
rufo de francisco marín laredo
Todo laredano que se precie de serlo, con unos años encima, sabe de sobra lo que es un chaplón: la cápsula metálica o chapa que sirve de cierre a las botellas que contienen bebidas gaseosas o efervescentes y refrescantes.
Vamos, pues, a recuperar en nuestra memoria el recuerdo de los sencillos chaplones y los juegos que con ellos practicábamos en los años de nuestra niñez. Digo sencillos porque no costaban nada. Se encontraban esencialmente en los suelos de los bares o más raramente en la vía pública. Contenían en su parte interna una lámina redonda, de material de corcho sintético, adosada al fondo, que servía como zona almohadillada para impedir que se derramase el líquido y los gases de la botella que lo contenía.
Extraída esa lámina circular, se colocaba en su lugar, como norma general, la cabeza de un jugador de fútbol, de Primera División, que se recortaba de los cromos “repes” de las colecciones que se vendían en sobrecitos en las librerías como “Meléndez” en la Calle Revellón, o la del inolvidable amigo Francisco Bárcena en la “Calle del Paseo”. Cada sobre contenía entre 4 y 6 cromos de jugadores, y salían muchos repetidos. De ahí que había que confeccionar una lista para ir marcando los que se iban pegando en el album correspondiente, y los demás, los sobrantes o “repes”, se llevaban en el bolsillo, prestos a ser cambiados por los de otros amigos que hacían la misma colección.
Colocado el recorte del cromo en el chaplón, venía a continuación la parte más difícil, como era recortar un trocito de cristal y darle la forma redondeada, de modo que pudiese encajar en la chapa. ¿Pero se puede recortar un cristal y darle esa forma? Muy fácil. Bueno, ¡no tan fácil!
Localizado en la vía pública o en casa un pequeño trozo de cristal, procedente de un vidrio roto, se iba a alguna de las bajadas de las tuberías de cinc que recogen el agua de lluvia de los edificios desde el canalón del tejado, a lo largo de la fachada, hasta llegar al suelo. El tramo final de esa bajada de pluviales más próximo a la acera se sustituía por un par de tubos de fundición de hierro, como de un metro de largo cada uno de ellos, pues el cinc es un material blando y maleable y al roce con personas o cosas se abolla o perfora con suma facilidad.
El quid radicaba en el ensamble o unión de esos dos tubos de hierro. No todos encajaban el uno en el otro con mayor precisión, sino que quedaba una holgura de espacio de entre 3 y 5 milímetros. En esa especie de rendija o ranura se introducía el borde del trozo de cristal, y se le presionaba levemente, arriba y abajo, hasta lograr “morder” una mínima porción de su borde. Es decir, la holgura entre los dos tubos actuaba como un alicate fijo. Con gran paciencia, se continuaba en otro punto del cristal y así, poco a poco, se iba redondeando el mismo, hasta lograr, en ocasiones, un círculo casi perfecto, que encajase en el chaplón. Cuando no entraba en el chaplón, se frotaba con una piedra de afilar o en un bordillo de la calle, con un poco de saliva, hasta conseguirlo.
Había, sin embargo, un canalón donde el redondeo era muy facil: el situado en el inicio de las escalerillas pegantes al Bar Piquío, hoy Banco Bilbao/Vizcaya/Argentaria, en la Plaza de la Constitución. Entre ese local y el colindante a distinto nivel, en la actualidad “Foto Carmelo”, existía un canalón cuyos dos tramos finales ejercían la función de delicados alicates a la perfección. Y para colmo, los chicos que operábamos en esa tubería sabíamos que si se movía, ¡se producían chispas! Sí, chisporroteaba. Había numerosos cables eléctricos tendidos horizontalmente a lo largo de la fachada, que se cruzaban con la bajante, y al paso de los años y quizás con el movimiento de los tubos por los muchachos, se había desgastado posiblemente el recubrimiento de los cables, que entraban en contacto con la tubería y producían un delicioso y visible chisporroteo. Pero, aunque parezca increíble, ¡jamás se produjo un calambre o descarga eléctrica en ese canalón! Al igual que la forma de los cristales que allí se “tallaban”, afortunadamente habría que considerarlo como un milagro redondo.
(Confieso que yo jugaba con cierta ventaja. Acudía al taller de zapatería de mi padre, y en una enorme máquina, cuyo eje mayor medía 1,25 m. de largo, que entre otras cosas lijaba, con tres diferentes ruedas e intensidades de grano de lija que se utilizase, yo redondeaba un cristal en pocos minutos, con un resultado impecable. Cierto es que redondeé muchos cristales para los chaplones de mis amigos.)
Con el cromo recortado y colocado en el fondo del chaplón y con el cristal encima, ya no quedaba sino fijar éste, para lo que se recurría al jabón. De una pastilla se tomaba un trozo, se reblandecía con agua, y sobre el cristal se iba aplicando con el dedo por el interior de la chapa en sentido circular, al igual que se fijaba un cristal en el marco de una ventana mediante masilla. No se utilizaba ésta, porque además de que había que comprarla, olía muy mal, como a aceite de pescado.
Cuando el chaplón quedaba terminado, con una tiza se acudía al lugar donde se iba a jugar, bien en alguna plaza, pero, principalmente… ¡al borde de una carretera!, porque el asfalto proporcionaba una superficie lisa, lo que no ocurría en los demás sitios públicos, donde el suelo estaba formado por losetas, adoquines, etc., que formaban un suelo desigual.

Uno de los lugares preferidos era el tramo de la carretera hacia Santander que se iniciaba desde la entrada –o salida- de la Villa que atraviesa las dos Alamedas, concretamente junto al puesto desmontable de madera de la popular Churrería de Tomás González, “El Curro”. También había instalado otro puesto o caseta, en la margen opuesta, igualmente destinado a churrería, perteneciente a otra muy conocida laredana, Isabel Arroyo, “La Churrera”, cuya caseta quedaba cerca del puesto del Fielato municipal. Saliendo de Laredo, el puesto de “El Curro” quedaba en la margen derecha, y el de “La Churrera” en la izquierda. Hoy situaríamos ese último puesto, más o menos a la altura de la Estación de Autobuses, pero en la margen opuesta, es decir, a la derecha en dirección al Cuartel de la Guardia Civil.
Con la tiza en la mano, uno de los chicos marcaba el circuito, formado por dos líneas paralelas, a modo de las vías del tren, líneas que avanzaban rectas, luego se curvaban a un lado y a otro, giraban sobre sí mismas, volvían a avanzar, retrocedían, se cruzaban, etc. Recordaba algo al juego de la Oca, ya que se seccionaban tramos, y se señalaban puntos de penalización en las intersecciones.
Se lanzaba una moneda al aire, y quien acertaba a “cara” ó “cruz”, era el primero en participar. Desde la meta, con un movimiento del dedo corazón de la mano, que se hacía deslizar con fuerza sobre la parte interna del dedo pulgar, se “disparaba” aquél dedo, impulsando el chaplón lo suficiente para avanzar y no salirse de la “vía” , ya que hacerlo llevaba a la eliminación. Jugaban varios chicos a la vez, uno tras otro, y lógicamente ganaba la partida quien antes llegaba al final del recorrido, a la ansiada meta.
Todo el juego se hacía de rodillas. No había problema con que se desgastasen o rompiesen los pantalones a la altura de las rodillas. Entonces los niños y los chicos llevaban pantalones cortos, por lo que si algo sufrían estoicamente eran las propias rodillas de carne y hueso.
Con tiempo apacible, cuántas veces, cuántas tardes, jugando en plena carretera general, donde el tráfico circulaba con escasa frecuencia: una camioneta, un carro tirado por un caballo, un autobús de línea o un coche. Entonces se retiraban a toda prisa los chaplones, para que no se estropeasen al paso de los vehículos, y en cuanto éstos se alejaban, se reanudaba el juego, como si nada hubiera pasado.
Dejo al aire las siguientes cuestiones: Los niños, los chicos, los muchachos de hoy, ¿sabrían elaborar un buen chaplón? ¿Conseguirían redondear un cristal? ¿Responderían sus rodillas al duro roce con el pavimento? ¿Dibujarían un dificultoso circuito, agachados, sin resentirse de sus tiernos y delicados riñones?
¡Queda por ver!
R. de F.
(Artículo publicado en el número de Febrero de 2007 de la revista “De Laredu, Lin”.)