20 de febrero de 2007
rufo de francisco marín laredo
Debo reconocer que desde niño gocé de una particular atalaya desde la que atisbaba el tranquilo transcurrir de la vida en el Laredo de los años cuarenta y cincuenta.
Fuera de las horas de la escuela a la que asistía en el Colegio de la Divina Pastora, en la Calle San Francisco, al final del mediodía, pero principalmente en las tardes sosegadas, sentado en el alto escalón de piedra labrada que daba acceso al comercio de mi padre en la Plaza del Ayuntamiento, situado entre la Farmacia de Don Macrino Arribas y el local de Don Tomás Gutiérrez, ambos personajes entrañables, yo observaba con los ojos muy abiertos el devenir de los niños, las personas mayores, los vehículos, esencialmente camionetas, algunas de ellas dotadas de gasógeno en su parte trasera cuando en tiempos de dificultades las restricciones y el racionamiento abarcaban una gama muy alta de artículos de alimentación, ropa, calzado y enseres de lo más diversos.
La celebración de una boda no pasaba desapercibida. Normalmente tenía lugar los domingos, y la ceremonia religiosa coincidía con la Misa Mayor, a las doce del mediodía, en la Iglesia de Santa María.
Con antelación llegaban al pórtico los familiares y los invitados, y ya rozando la hora, hacían su aparición, por separado, los novios, primero él y luego ella. Rara vez se utilizaba un taxis para transportar al novio, a la novia o a ambos. Habitualmente ascendían, acompañados de sus familiares más allegados, por entre las calles de la Ciudadela antigua.
Concluida la Misa en Santa María, se colocaban todos: novios, familiares y amigos en la escalinata exterior de acceso al atrio, y en ocasiones un fotógrafo profesional contratado, se encargaba del reportaje de boda, que era absolutamente elemental, con no más de una docena de fotografías.
A continuación, los recien casados, tomados del brazo, eran los primeros en encabezar el desfile, calle Santa María abajo, y tras ellos, se colocaban los familiares de la pareja, y a continuación los amigos y restantes invitados.
Llegados al encuentro con la Calle Revellón, el cortejo, siempre encabezado por los novios, tomaba esta calle, aminoraba el paso, y el séquito les seguía, calzada abajo, para llegar a la Plaza del Ayuntamiento o la Plaza de la Villa, como se llamaba entonces.
Siempre, siempre, de entre el vecindario que se paraba para observar la escena, surgían frecuentes voces gritando ¡Vivan los novios! A lo que los invitados respondían al unísono ¡Vivan!
Habitualmente el ágape que seguía a la celebración litúrgica, se desarrollaba en los diferentes establecimientos hosteleros existentes, en función al número total de personas invitadas.
En la misma plaza existian dos amplios lugares: el Café-Bar “Piquío”, justamente en lo que hoy es el Banco Bilbao-Vizcaya-Argentaria, dotado de una alta marquesina acristalada, cuya terraza exterior llegaba hasta las escalerillas colindantes, y el Café-Bar “Sinfo”, impresionante por su gran extensión, ubicado frente al lateral Norte de la Casa Consistorial, con doble acceso, bien a través del callejón existente o directamente desde la Plaza, donde tenía instalada su inmensa terraza. En su lugar se ha construído una nueva edificación, que a pesar de los años transcurridos desde su término, no se ha desarrollado en su espacio de planta baja, hasta la fecha, actividad alguna.

Boda en el “Sinfo”
Si el número de invitados no era muy elevado, en la Calle Ruamayor existían otros establecimientos del ramo. Por ejemplo, uno de los primeros, a la izquierda, subiendo esta Calle, era La Marina, también de gran amplitud, dotado de dos mostradores situados uno a la izquierda y otro a la derecha, entrando. Seguía después un pasillo con habitaciones y desembocaba en otro espacio amplio y luminoso, orientado al Paseo Menéndez Pelayo, situándose sus balcones ya a la altura del piso primero de dicho Paseo, dada la diferencia de nivel existente entre ambas calles. A continuación, remontando Ruamayor, en su margen izquierda había otros bares, de menor tamaño, pero muy populares, entre ellos Mazantini, Litucas, Miguelón, etc., donde también se celebraban algunos convites.
Recuerdo que en una ocasión fueron invitados mis padres a una boda cuyo refrigerio tuvo lugar, precisamente, en “La Marina”, de la familia de los Escalante. Al terminar la ceremonia religiosa, me recogieron de casa y me llevaron con ellos. Había numerosas mesas alargadas, robustas, dispuestas entre los dos mostradores, dotadas de bancos y también sillas.
Acomodados los novios, familiares, invitados y amigos, el ágape consistia en vino de albillo, dispuesto en botellas y vasos y también en porrones, acompañado de galletas redondas o “marías” y otras alargadas y bizcochadas, servidas en fuentes y platos.
Recordemos que los tiempos eran dificilillos, donde todo faltaba y nada sobraba. Muchos, prácticamente todos los asistentes al acto, desde el desayuno de leche o café acompañado de un bocado de pan, no habían ingerido más alimento y la hora en que se servía el aperitivo era ya la de la comida. El vino de albillo, muy apreciado en todos los pueblos del litoral, por su sabor dulce, “entonaba” el cuerpo con verdadera satisfacción. Las galletas, en abundancia, sin mayores restricciones, igualmente “entraban” solas.
Cuando tras repetirse distintas rondas ya el personal quedaba satisfecho, aparecían los coloretes en las mejillas, y la gente comenzaba a cantar, permaneciendo en el establecimiento hasta horas después.
Yo había visto, en frecuentes ocasiones, desde mi lugar de vigia, que a media tarde, cuando había habido una boda, un par de amigos, con los brazos cruzados, a modo de lo que se conocía entonces como “la silla de la reina”, transportaban en volandas a un tercero, cuya cabeza caía hacia un lado. La primera vez que ví esa escena me impresonó, llamé a mi padre, y le dije que el señor que llevaban entre dos estaba muy mal. Mi padre, deslizó una rápida ojeada y me aclaró que afortunadamente no era nada malo, sino que “igual había tomado un poco de albillo de más y que le había mareado algo”. Aprendí la escena, que volvía a repetirse, prácticamente, en cada una de las bodas que se celebraban.
En el convite que me tocó estar, por vez primera, en “La Marina”, junto con mis padres, ¡vaya que se repitió la escena!. Hubo que formar, no una ni dos “sillas de la reina”, sino alguna más, para llevar a sus hogares a unos invitados que, atrapados por las caricias del vino dulce, apoyados sus brazos sobre la mesa, inclinaban la cabeza y caían en brazos de Morfeo de modo instantáneo.
Hoy, en la distancia, esos leales compañeros que llevaban discretamente al amigo hasta su casa, evitando un “qué decir” de dejarle abandonado en el estado en que se encontraba, se me antojan como miembros de aquellos “Ejércitos de Salvación” que proliferaron en las culturas anglosajonas bien entrado el primer tercio del pasado siglo.
Fueron pasando los lustros, y en el inicio de la década de los años sesenta ya los matrimonios comenzaron a celebrarse esencialmente los sábados, desapareciendo, muy rápidamente, el cortejo que, como queda dicho, desde la misma Iglesia de Santa María, en un orden establecido y jerarquizado, desfilaba por la calle principal de la Villa.
Al incrementarse el nivel de vida en todos los órdenes, con la llegada de los vehículos utilitarios a las familias, los novios llegaban a las puertas de la Iglesia en los vehículos de sus allegados o amigos, o bien en taxis engalanados, y quienes lo hacían a pie, al final de la ceremonia dejaron de formar el cortejo, y callejeando por la Ciudadela, se acercaban hasta el Restaurante u Hotel donde se ofrecía un suculento banquete, encabezado al inicio de los sesenta, de modo casi obligado, con una paella conteniendo, como decía un venerable vecino ya desaparecido, “amanta de tropiezu”. Todavía no existia, por razones de economía, el hecho de volver los camareros, tras servir un determinado plato, a ofrecer a los comensales repetir una porción de más.
Hoy, en cualquier comida o cena de banquete de boda, de afortunadamente cualquier estrato social, los suculentos manjares, encabezados por variados entremeses, con presencia notable de marisco, continuando con selectos vinos y postres, en mesas elegantemente engalanadas y servidos por camareros profesionales, desde el principio hasta el final ofrecen repetir de los diferentes platos que componen los abultados menús. Y al final, música y baile. ¿Qué mas pedir?
En todo caso, y poniendo por delante el hecho de que nadie puede estar en contra del progreso y del alto nivel de vida de nuestras sociedades actuales, creo, íntimamente, que hemos caído en un exceso gastronómico y que la virtud hay que situarla en un término medio.
Yo, en lo personal, sigo recordando, de vez en vez, transportado mentalmente a la puerta de nuestro local, con ojos y el sentir del niño que fui, el paso de un cortejo nupcial, con las aclamaciones de ¡Vivan los novios!, y, horas más tarde, ver a dos personas que, sigilosamente, llevaban entre sus brazos, “a la silla de la reina” a un invitado amigo, hasta su casa, el cual no hizo sino ingerir unos vasucos de más, de aquel vino de albillo, dulzón y con gran cuerpo, acompañados de aquellas redondas galletas con nombre de mujer.
De ahí, quizás, derive el que tanto mi buen amigo Miguel Angel como yo, cuando estamos con otros amigos ultimando cualquier sencilla labor, digamos en tono grave y solemne: “Esto hay que celebrarlo por todo lo alto: ¡con un albillo y una galleta!”
R. de F.
(Artículo publicado en el número de Enero de 2007 de la revista “De Laredu, Lin”.)