La señora del alfiler, una leyenda navideña

5 de enero de 2007

rufo de francisco marín laredo

La tarde invernal era soleada y como Carlitos tenía vacaciones en el colegio, pidió permiso a su madre para salir a pasear con su perro “Almirante”. Cuando éste oyó la palabra “calle”, se puso a saltar alborozado junto a su joven dueño, lamiéndole descaradamente sus manos.

—¿Lo ves, mamá? Está deseando que le saque a pasear. ¡Anda, déjanos!
—Está bien, puedes llevar a “Almirante”, pero no tardes en volver, ya sabes que esta noche es Nochebuena y ahora anochece muy pronto. Además, recuerda que esperamos a los tíos y primos de Madrid, que ya deben estar llegando. ¡Abrígate bien, hijo!

Carlitos salió de casa acompañado de su perro. Se trataba de un “collie”, de un año de edad, que tenía un largo y estrecho hocico, orejas cortas y mirada inteligente, provisto de una cola cubierta de abundante pelo.

Como por la mañana había estado con el perro en el parque, decidió llevarlo a pasear a la montaña, por lo que se dirigieron hacia un camino que les condujo a un paraje desde el que se divisaba a sus pies la pequeña y tranquila ciudad. Se hallaba en una zona en la que existían diseminadas casas de labranza, situadas a ambos lados del camino, que se perdía en una suave pendiente hacia lo alto de una no tan lejana ladera cubierta de denso arbolado.

Las últimas casas habían quedado poco a poco atrás, destacándose al fondo una solitaria cabaña. Movido por un súbito impulso, Carlotas se encaminó hacia ella.

Cuando se acercaron al terreno que rodeaba la cabaña, vieron que la cerca de entrada estaba retirada y “Almirante” se introdujo decidido en la finca, yendo directamente hacia un pequeño bebedero de piedra situada junto a la tejavana, cuya puerta se encontraba entreabierta. Tras beber durante unos instantes, penetró en su interior.

Carlitos llamó a su perro desde la cerca, sin atreverse del todo a entrar y a poco una señora de edad, vestida de oscuro, apareció bajo el dintel y dijo:

—Carlos, Carlitos, ¡ven!.

Sorprendido, el niño avanzó hacia la mujer, a la que de lejos no conocía. No sintió temor alguno, ya que el tono de su voz pausada le inspiraba confianza. Cuando llegó junto a ella, su rostro bondadoso y sonriente le resultaba extrañamente familiar. Seguía sin conocerla, pero algo había en su persona, en la voz agradable y en su profunda mirada, que al mismo tiempo la hacía aparecer como un ser lejanamente recordado. Volvió a mirar a la señora, y sin saber exactamente por qué, pensó en su padre.

—Te llamas Carlitos, ¿verdad?
—Sí, señora.
—Tu no te acuerdas de mí, pero yo de ti sí. Tienes dos hermanos, a los que conocí también. El mayor se llama Jaime, el mediano Alejandro y tu eres el menor; naciste hace…, a ver…, hace nueve años, ¿no es así?. Pero no estés de pie. Vamos a sentarnos aquí y te daré de merendar. Tengo unas manzanas muy sabrosas, que te gustarán.

Carlitos se sentó en un pequeño banco que había junto a la puerta y mientras la mujer volvió al interior de la cabaña, daba vueltas en la cabeza tratando de recordar dónde había visto antes la cara de aquella señora, que tan bien le conocía.

Al poco regresó la mujer con unas manzanas rojas, pequeñas y brillantes, desprendiendo un aroma de fruta sazonada que las hacía aún más apetitosas, por lo que el niño no se hizo esperar cuando aquella se las ofreció, mordisqueando la primera que tomó, con avidez.

El lugar donde se hallaban era de una gran tranquilidad y belleza, y salvo el trinar de un gorrión, no se oía el más leve murmullo. Los rayos solares llegaban ya muy tibios y dentro de poco el sol desaparecería silenciosamente tras las montañas. En la distancia, parpadeaban ya las primeras luces de las casas de labranza más próximas. Minutos después, la señora y el niño hablaban animadamente, mientras “Almirante” reposaba a los pies de aquél descabezando un leve sueño.

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En la casa se respiraba un ambiente navideño de familias llegadas de lejos y un gran trajín en la cocina, en la que las mujeres ultimaban los diversos y tradicionales platos con gran esmero. Los niños jugaban en la salita con sus primos, a los que no veían desde el verano, y los hombres charlaban en el comedor junto al cálido respaldo de la estufa.

Eran ya pasadas las ocho de la noche cuando sonó el timbre. El conocido ladrido de “Almirante” anunció la llegada del niño, tranquilizando a sus padres. Venía contento y jadeante, con una manzana roja en cada mano y le reprocharon lo mucho que había tardado en regresar y lo preocupados que habían estado. Los primos y los tíos vinieron a despejar la situación con besos, abrazos y regalos por doquier.

La cena de aquella Nochebuena transcurrió plácidamente alrededor de la larga mesa. Los niños, atiborrados de dulces, reían con ganas colocando un sombrero y gafas de cartón a “Almirante”, quien sabiendo que hacía las delicias de la chiquillería levantaba la cabeza con solemnidad, como saludando a la concurrencia. Los mayores hablaban de mil cosas, recordando viejos tiempos.

Juan, el padre de Carlitos, se levantó de la mesa volviendo seguidamente con un gran álbum familiar de fotos. Grandes y pequeños despejaron al instante de platos, fuentes, cubiertos y vasos en una porción de la mesa, y sobre el mantel puso aquél el venerado álbum, comenzando a pasar lentamente sus hojas, en las que aparecían viejas fotografías de familiares ascendientes de los presentes. Juan iba explicando: “Esta es Isabel, cuando vivía en Valencia. Mirad qué plantado está el abuelo Bernabé. Cumplió el servicio militar en Melilla el año 1.925…”

Iban pasando despaciosamente las fotografías, y al llegar a una de ellas, Carlitos dijo con excitación:

—¡Andá! La señora de la cabaña con la que hemos estado “Almirante” y yo esta tarde. Conoce a todos nosotros y me ha contado muchas cosas de papá y de tía. ¡Qué gracia, a mi me llama “Carlos III”!

Al oír esto, Juan sintió que le faltaba el aire. Su esposa, y su hermana Matilde, abrieron los ojos desmesuradamente. Tras unos segundos de tenso silencio, Juan pudo balbucear unas palabras y con dificultad dijo:

—Carlos, Carlitos, hijo, estás equivocado. Esta es tu abuela Esperanza, la madre de Matilde y mía. La pobre falleció hace ocho años, cuando tu tenías sólo uno de edad. Fíjate bien en esta foto y verás cómo es otra señora la que tú has visto. ¡Anda, mírala!.

Todos los ojos se centraron en el pequeño, el cual tras observar detenidamente la foto y pasar el dedo por la misma, exclamó:

—¡Vaya que sí!. ¡Es la misma señora!. Tiene la misma ropa negra, el mismo peinado y lleva puesto el alfiler con una “E” grande, como aquí. Me dijo que había hecho un viaje muy largo, muy largo, y que después de la misa del gallo tenía que regresar, para ya no volver. ¡Ah, que se acordaba mucho de todos y que rezaba siempre por nosotros…! Bueno, ahora me voy a la cama, que estoy muerto de sueño. Vamos, “Almirante”. ¡Hasta mañana!

Al salir el niño de la estancia, el silencio era absoluto. El reloj comenzó a dar las doce campanadas. Fuera, en la calle, alguien cantaba con más voluntad que entonación: “… Noche de Dios, noche de paz…”

¿Fantasía? ¿Realidad? ¿Navidad?...

A lo lejos, todavía se escuchaba, como un susurro: “Gloria al Niño Jesús…”

R. de F.

(Artículo publicado en el número de Diciembre de 2006 de la revista “De Laredu, Lin”.)