La patata asada

28 de agosto de 2006

rufo de francisco marín laredo

El caso es que no sé cómo me encontré con aquellos cuatro chicos, de aproximadamente mi misma edad, sobre el mediodía de una jornada de primavera, que recuerdo algo nublada. ¿El año? Sobre 1.950.

Como en los colegios era únicamente la tarde del jueves la que teníamos libre, parece que tenía que tratarse de un domingo, pero no era este el caso. Era un día laborable, y por lo que fuere, no hubo escuela esa mañana, y uno de aquellos chicos, algo mayor que los demás, ninguno de los cuales formaba parte de mi pandilla habitual, pero que esa espontaneidad de la niñez hacía que la camaradería se estableciese de modo inmediato, nos llevó hasta una oquedad existente en la ladera de la montaña, próxima a la antígua cantera, en una zona paralela a la actual calle Reconquista de Sevilla, detrás de las edificaciones allí existentes, entre ellas la antígua panadería que perteneció al Pósito de Pescadores de Laredo.

El muchacho que nos condujo hasta ese refugio rocoso, dijo que había que hacer lo primero una fogata, para lo que se buscaron por los alrededores ramas y palos secos, y con unos trozos de papel se pudo, después de varios intentos y con los ojos picando del humo, de tanto soplar hasta lograr la primera llama, hacer un pequeño fuego.

Con gran parsimonia, sacó del bolsillo… ¡una patata!, y cuando del fuego quedaban los rescoldos, la enterró entre ellos. Luego de darle la vuelta con un palo y volverla a cubrir con las brasas, cuando considero que estaba lo suficientemente asada, la extrajo de los restos que quedaban de la fogata.

Con una pequeña navaja que llevaba el chico, la partió y nos dio un trozo a cada uno.

Quemando aún, nos comimos, de un soplo, la pequeña porción que nos correspondió. A mí me supo a gloria, al igual que al resto del grupo.

Tánto me agradó, que les dije que, si querían, podía ir yo a mi casa y traer alguna patata. Me contestaron afirmativamente, les dije que no tardaba nada, y salí, como una flecha, hacia la cocina familiar, situada a la espalda del pequeño comercio de mi padre en la Plaza, provista de su entrada independiente por la calle Ruayusera, por lo que la cocina disponía de dos accesos: uno desde aquella calle, y otro a través del local.

De un pequeño cesto tomé dos patatas de buen tamaño y volví con ellas a la oquedad, donde me esperaba la pandilla. Aunque no tardé más que unos pocos minutos, creo que pensaron que no volvería, por lo que se alegraron al verme.

Situados en el mismo lugar, y aún humeando, se logró hacer otro fuego, esta vez de modo más rápido, y allí se asaron las dos patatas, que comimos entre risas y jolgorio.

No es necesario decir que aquellos fueron años de dificultades de toda índole, que nada sobraba, y que nos encontrábamos en pleno racionamiento de alimentos, por lo que aquel improvisado aperitivo, aún en su nadería, adquiría un significado especial.

Animados con aquél bocado, uno de los chicos dijo de subir a las huertas de La Reina. Yo me encontraba feliz con aquella pandilla, y me sumé gustoso a la propuesta.

Callejeando por lo que hoy es la Puebla Vieja, y siempre siguiendo al “capitán” del reducido grupo, llegamos por la Calle Santa María hasta la de San Martín, y atravesando el Arco de la Blanca, ascendimos por el camino del Regatillo hasta encontrarnos en el paraje de La Reina.

Continuamos el camino que discurría junto a las altas y oscuras tapias de la antígua Cárcel del Partido, en el lugar que hoy ocupa la Guardería Infantil “Virgen de Belén”, seguía un tramo recto, para después girar hacia la derecha. Como a unos 50 metros después de esa curva, en la margen derecha, en dirección a Valverde, el chaval se paró y señalando una vieja tejavana, cuyo tejado se apoyaba sobre la pared de piedra existente, dotada de una puerta construída en la propia pared, dijo:

-¡Aquí es!.

Y mirando con desconfianza a uno y otro lado, continuó:

- No vive nadie. Los dueños vienen muy poco…

Animados por la seguridad de no haber problemas, los cuatro chicos treparon con facilidad la pared y fueron saltando al interior.

Al quedar yo unicamente por subir, el muchacho me dio las órdenes precisas:

-Tú te puedes quedar a vigilar. Si ves que viene gente, nos avisas, golpeando la puerta.

Y seguidamente saltó al interior de la huerta.

Durante un tiempo que se me hizo extraordinariamente largo, en el que no transitó persona alguna por el lugar, primero una cabeza, y luego las otras, reaparecieron al fin los chicos sobre la pared y saltaron al camino sin pensarlo dos veces.
No llevaban nada en sus manos. Solamente se notaba que abultaba algo bajo la camisa o jersey de cada uno. Llevaban la mercancía “en el seno”, como se decía entonces.

Nos alejamos presurosos, retrocedimos sobre nuestros pasos y en la curva referida tomamos un camino muy estrecho, con paredes a ambos lados, que desembocaba en el llamado “prado de Pagoaga”, con impresionantes vistas sobre los acantilado de La Lastra, y allí, entre unos matorrales, sentados en círculo, comenzaron a sacar de entre sus ropas, el producto de la huerta que acababan de visitar.

-¡Nabos!, me dijo el cabecilla.

A continuación puso en mis manos un nabo de mediano tamaño, desprendido ya de sus hojas.

Sacó con parsimonia su navaja, y comenzó a pelar limpiamente el suyo, mordisqueando con fruición el fruto, formado por su raíz, de color blanco. Luego pasó la navaja a los demás.

Yo comencé a pelar el mío, y le hinqué el diente, pero el sabor ligeramente amargo no me agradó del todo, por lo que mis mordiscos fueron cada vez más espaciados, de tal modo que, cuando cada uno de los cuatro chavales ya había dado cuenta de su ración, yo continuaba aún masticando el mío.

El mayor, extrañado, me preguntó:

-¿No te gusta?.

Le dije que sí, y para demostrarlo, continué, poco a poco, hasta que terminé mi “ración de nabo”.

Ninguno llevaba entonces reloj encima. Eso era algo impensable. Solo las personas mayores, y no todas, disponían de un reloj de bolsillo, y unos pocos, de pulsera. Sin embargo, todos llevábamos ese otro “reloj” o patrón biológico, que hacía que controlásemos más o menos los tiempos, y supiésemos si era o no hora de regresar a casa.

Lo era, efectivamente, y los cinco, emprendimos el regreso a nuestros hogares, quedándonos en las calles en que respectivamente habitábamos.

Cuando me quedé solo en la Plazuela del Marqués de Albaida, en la que se despidió el anteúltimo, yo me encaminé a mi casa. Al llegar, me reprendieron, porque era algo tarde y estaban ya todos sentados en la mesa.

Mi padre me preguntó de dónde venía. Yo le dije que había estado jugando a la pelota en la Alameda, en “el corro”, con unos amigos, y que se nos había pasado a todos la hora. No me riñeron.

¿Qué otra cosa les podía decir? ¿Cómo contarles que había subido a “La Reina” con unos chicos, que habían penetrado en nuestra propia huerta saltando la pared, que habían arrancado unos cuantos nabos, mientras yo vigilaba desde fuera, y que yo mismo, de poco apetito, había comido crudo uno de ellos, cuando nunca, hasta ese día, había sido capaz de intentarlo siquiera…?

A pesar de ello, me sentí a gusto por aquella aventura extra, hasta el punto de que nunca olvidé esa lejana mañana, en la que pude saborear… ¡una patata asada!... y un nabo crudo.

R. de F.

(Artículo publicado en el número de Agosto de 2006 de la revista “De Laredu, Lin”.)