El racionamiento

4 de marzo de 2006

rufo de francisco marín laredo

Finalizaba la década de los años cuarenta. Entre las sombras de aquellos tiempos reaparece fugazmente en el recuerdo, la existencia de penosas restricciones  de alimentos en nuestro pais. España estaba sujeta a lo que se denominó por parte de las autoridades, como “El  racionamiento”.

Durante los largos años que duró su implantación, iniciada el año 1.943  cada familia recibía una cartilla, amarronada ella, con cupones perforados en su interior,  grapadas en su parte superior,  y una vez al mes, dentro de las fechas que fijaba un bando oficial,  tenían que ser llevadas al establecimiento donde podía adquirirse, a un precio tasado, la cantidad de alimentos básicos  existentes que le correspondían, en base a su economía y en función al número de miembros que componían cada familia. Por cada persona se entregaba al tendero un vale, que iba desprendiendo de las cartulinas, por los artículos que recibía: aceite, patatas,  alubias, lentejas, garbanzos, azucar -durante años de color moreno y finalmente blanco-,  boniatos, etc.

A cada familia se le asignaba o bien elegía un determinado local donde podía retirar sus alimentos, locales a quienes la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes -conocido como Abastos- suministraba los artículos necesarios para una única entrega por familia y mes.

En el caso de nuestra familia, que formábamos cinco personas, yo solía acompañar a  mi madre al comercio de ultramarinos elegido, que era  Ultramarinos Celdrán, regentado por D. Francisco Celdrán Oliva, situado junto al portal hoy número 7  del Paseo Menéndez y Pelayo o Calle del Paseo,  inmueble conocido como “las casas de D. Lucas”, en referencia a su promotor, D. Lucas Marsella, quien las mandó edificar, concluyendo las obras el año 1.895, como lo recuerda la reja ornamental semicircular de hierro forjado que corona el montante de la puerta sita en el chaflan del local de dicho edificio que hace esquina al Paseo y a la Calle Eguilior. El amplio comercio de Celdrán, actualmente formado por la Cafetería Dólar y la Agencia de Viajes “Altamira”, de la propia familia, era comúnmente conocido como “El del pájaro pinto”.

Tal denominación provenía del anterior titular de la lonja, el Sr. López, quien vendía, entre otros artículos, las pastillas de jabón “El Chimbo”, cuyo nombre de origen vasco se refiere a algunas especies de pájaros. El fabricante de aquel jabon entregaba a sus vendedores una placa metálica, como anuncio o reclamo, en la que aparecía un vistoso pájaro grabado en vivos colores, que se colocaba en el exterior del comercio. De ahí el sobrenombre de “El del pájaro pinto” a la tienda del Sr. Celdrán.

Cuando llegábamos a casa con tantos alimentos, me parecía, en mi sencilla apreciación infantil, que aquello daría para mucho tiempo, y así se lo expresaba a mi  madre, pero ella me hacía ver que las cantidades recibidas eran tan escasas, que a lo sumo llegarían a rebasar la primera quincena del mes.

Efectivamente, en los meses sucesivos, podía yo comprobar que ni dosificándolos, se llegaba a final de mes con ellos y que había que terminar comprando “de estraperlo”, desde el aceite hasta otros comestibles.

Igual ocurría con el pan, que se suministraba en una de las pocas panaderías existentes, como era la de D. José Rocillo Setién, con despacho en la Calle Revellón, que regentaba una de sus hijas, Doña Dolores “Lola” Rocillo,  en la margen izquierda de la calle, frente al bar del Sr. Higinio, hoy Bar “Revellón” del popular Roberto González.

En mi casa yo tenía encomendado ir cada mañana, sobre las nueve, al despacho de Rocillo a adquirir el pan que correspondía a mi familia, para lo cual me entregaban el dinero correspondiente, junto con una bolsa de tela blanca para guardarlo.

En las inmediaciones del despacho habitaba un joven, llamado Toñín, quien, quizás por alguna manía profunda, no hablaba nunca con nadie, al menos en la calle. Cuando alguna de las personas que se encontraban en el establecimiento veian que se acercaba, se lo advertía a Lola Rocillo, la cual, tras el mostrador, mandaba cerrar la puerta acristalada, cuya llave permanecía siempre colocada en la cerradura por su parte interna. Se acercaba Toñín, empujaba la puerta, y al ver que estaba cerrada, desistía y se marchaba.

Una  vez, sin embargo, pilló a todos por sorpresa, y Toñín hizo acto de presencia, entrando en el  local, que era de reducidas dimensiones. Se hallaban en el interior, en ese momento, solo mujeres, y yo, un niño de corta edad. Las mujeres se asustaron mucho -y yo tanto como ellas- y se hicieron todas a un lado.

Toñín atravesó decidido el espacio, bordeó el pequeño mostrador, al que se entraba por el lado izquierdo, para llegar a las baldas situadas al fondo, donde estaban colocados los panes -barras y panecillos-. Cogió una barra de pan, la partió y  dio un gran bocado, y siempre encerrado en su mutismo, retrocedió sobre sus pasos, con el pan en las manos, mientras la dueña le gritaba. Alcanzó la puerta y se marchó calle Revellón abajo, dando buena cuenta de lo que le quedaba de la barra. Eso sí, sin que una sola palabra saliese de sus labios.

Dueña, clientela y niño, todos ya tranquilizados, respiraban hondo, y algunas de las  mujeres comentaban, con razón, que el buen Toñín, al fin y al cabo, lo único que quería era llevarse algo al estómago por la mañana, en aquellos años de tanta penuria.

Al fin, el año 1.952, el gobierno suprimió el denostado racionamiento. Poco a poco los artículos alimenticios sometidos durante años a tantas, tan fuertes y tan prolongadas restricciones, podían comprarse libremente en los establecimientos.

Las cartillas, con sus cupones, pasaron rápidamente al olvido.

En todo caso, en los tiempos que vivimos, afortunadamente desde la pequeña tienda de barrio hasta el centro comercial más sobredimensionado, donde se exponen en sus interminables estanterías toda una serie de atrayentes productos y artículos alimenticios, naturales o en conserva, frescos o congelados, desde los más básicos hasta los más exóticos llegados de remotos paises, no esta mal recordar , de vez en vez, que existieron nueve largos años en los que esa abundancia se traducía en  escasez, carencias y limitaciones de todo orden. Claro que quienes éramos niños entonces, quizás no nos percatábamos tanto de esas situaciones, porque nuestros padres y madres, con sus sacrificios, hicieron todo lo posible para que no faltase en cada hogar lo más elemental.

Nosotros, entretanto,  con toda una vida por delante,  despreocupados, jugábamos, reíamos y nos divertíamos,  como lo que éramos,  como niños, en una época felizmente superada.

R. de F.

(Artículo publicado en el número de Febrero de 2006 de la revista “De Laredu, Lin”.)