Doña Pura «la recadista»

29 de diciembre de 2005

rufo de francisco marín laredo

La mirada hacia nuestro pasado reciente nos trae a la memoria el recuerdo amable de Doña Pura Foncueva, conocida en Laredo como "La Recadista".

Y es que su figura menuda y ataviada de negro, era una de las más conocidas de Laredo, ya que su labor consistía en desplazarse todos los días, excepto domingos, a Santander, en el tren, para gestionar muchos asuntos que diariamente se le encomendaban, desde presentar un alta o baja en la Seguridad Social, comprar unos determinados botones en tal tienda, entregar una carta en mano, acudir a los distintos organismos oficiales en demanda de información, llevar y traer impresos, descambiar un par de zapatos o prendas por otra talla menor o mayor, etc., hasta traer pedidos más voluminosos que determinados comerciantes de la Villa encargaban a los mayoristas de la capital.

El último "coche de línea" -como así se llamaba al autobús que hacía el trayecto Laredo-Treto y viceversa-, servicio que tenía adjudicado la Empresa Fuentecilla, esperaba en la estación de Adal-Treto el paso y parada del tren de vía estrecha de la Compañía FEVE, en el que regresaban los pasajeros procedentes de distintos pueblos, que volvían de Santander, los cuales, en el caso de los laredanos, hacían trasbordo en dicho autobús, que los trasladaba a nuestra Villa.

Ese último servicio del coche de línea llegaba a Laredo sobre las ocho y media de la tarde, todavía con luz en verano, pero ya noche cerrada en invierno.

Sobre media hora antes de la llegada, las distintas personas que había encomendado alguna gestión a Doña Pura, comenzaban a congregarse a la altura del edificio de "La Parra", ya demolido, en el lugar donde hoy está enclavado un puesto de venta de prensa junto a unas escaleras que llevan a la cuesta de la Plaza Cachupín. Con más fácil precisión, en lo que hoy es la actual Parada de Taxis.

Estamos hablando de los años cincuenta. El alumbrado público era muy escaso entonces, con luces mortecinas, y en el último tramo recto de la carretera general que desde el Cuartel de San Lorenzo llegaba hasta la misma entrada a Laredo, había unas farolas, muy espaciadas, que colgaban de cables que las suspendían y que apenas iluminaban la calzada en su proyección vertical. Esas farolas eran redondas, como grandes platos hondos, pintadas de negro al exterior y de blanco en su parte interna. A ambos lados del mismo tramo de carretera, se elevaban los gigantescos árboles chopos, cada uno de ellos pintado de blanco en una franja elevada a un metro del suelo, para ser más visibles al ser iluminados por los faros de los coches y camionetas que circulaban por la noche.

Algunos impacientes se acercaban hasta la Caseta de Fielatos, emplazada en el inicio de la Alameda del "corro", para ver si llegaba a lo lejos el coche de línea. Cuando hacía su aparición a la altura del cuartel, el vigía o serviola daba el aviso a los demás, y entonces se producía un reagrupamiento de personas, hasta que el coche de línea se desviaba hasta situarse en su parada habitual, junto a la acera.

Y de entre los pasajeros, pocos o muchos, aparecía la esperada figura de Doña Pura, la cual comenzaba a bajar los variados bártulos que traía con ella. Cuando el encargo, por su sencillez, quedaba cumplimentado, a pie de autobús, con la entrega al interesado del "volante", bulto u otro artículo encargado, el interesado abonaba a Doña Pura su gestión, que era siempre de un precio muy asequible.

En ocasiones Doña Pura explicaba que tal encargo no había podido realizarlo, porque le habían dicho que tenía que volver al día o días siguientes.

Y quedaban aquellos otros encargos que no podían tramitarse porque exigían otro determinado trámite o aportación de más documentación. Esos casos pendientes, se explicaban no en la vía pública, sino con más sosiego y discreción en el local que Doña Pura tenía en la Calle Revellón, en su parte más estrecha, margen derecha, subiendo, donde se ubicaba el local, hoy situado bajo soportales, que es el último de esa zona más estrecha de la Calle, ya que a continuación la misma se ensancha en su tramo final. Los clientes ayudaban entonces a Doña Pura cargando con la paquetería y bultos que traía, y la seguían hasta su establecimiento, atravesando la Plaza y enfilando Revellón.

El recuerdo del local de Doña Pura "La Recadista" es de un espacio alargado, con un pequeño mostrador al frente, que se extendía hasta su fachada posterior. La bombilla situada sobre el mostrador no debía sobrepasar los 15 ó 20 watios de potencia, que apenas iluminaba las caras de los presentes. Había un par de sillas a los lados. Y allí, tras el mostrador, Doña Pura, de pie, explicaba al interesado de una determinada gestión, lo que en su destino le habían dicho que tenía que aportar para su cumplimentación, atendía nuevos encargos, recogiendo, en su caso, desde frascos con orina para analizar, hasta instancias, "volantes" para presentar, etc.

Doña Pura, en los muchos años que actuó como Recadista , -jamás se decía en Laredo "recadera"-, se ganó el aprecio y la simpatía del vecindario. Era una buena mujer, siempre con buen carácter y voz suave, que cumplía con diligencia cuanto se le encargaba. En invierno y en verano, utilizaba por la mañana el primer coche de línea para ir a la estación del ferrocarril en Treto, donde esperaba , a su paso, el tren que la llevaba a Santander.

En "la capital" hacía sus variopintas gestiones, comía y continuaba con los encargos por la tarde, hasta hacer el recorrido inverso Santander-Treto-Laredo. Y así todos los días laborables, a lo largo de los años, con frío y calor, con granizadas o con jornadas de temperaturas agobiantes.

Cuando Doña Pura Foncueva, por razón de su edad, dejó su labor de "recadista", fue continuadora en esa gestión, también de forma admirable, Doña Margarita Unzúe, a la que siguió su hermano Don Baldomero, ambos conocidos cariñosamente como "los del molinero".

Con el transcurso de los años, el nivel de vida fue en aumento, el coche particular se hizo asequible a la sociedad, y el traslado a "la capi" quedó en poco más que un paseo. Primero con el Seat 600, luego con utilitarios de mayores prestaciones, y después con toda la gama de vehículos nacionales y de importación, de todos los modelos, potencias, lujos y precios, que incrementaron inmensamente la movilidad ciudadana, y que junto con las gestorías y servicios de mensajería rápida, hicieron prácticamente innecesaria la figura del recadista.

Ello no desdibuja, sino al contrario, acrecienta el buen recuerdo que guardamos los laredanos, de aquel trabajo arduo, continuado y con precios que no llegaban ni siquiera a la categoría de "honorarios", que representó, en primer lugar en el tiempo, por ser la primera que lo ejerció y conocimos en nuestra edad, Doña Pura Foncueva, "La Recadista".

R. de F.

(Artículo