Las higueras de «La Reina»

23 de agosto de 2005

rufo de francisco marín laredo

Una soleada jornada de finales de primavera de principios de la década de los años cincuenta.

Por ser jueves, ese día, por la tarde, no hay escuela. Y los escolares, chicos y chicas de Laredo, aprovechan esa media jornada de descanso para jugar y divertirse.

Unos suben por las Escalerillas hasta “El Castillo”, en la Pedrera de San Martín o Alto de Laredo, y organizan peleas entre bandos, dentro de las recias defensas de este fuerte militar que asemeja un número ocho tumbado. Por estar cubierto por depósitos de tierra el interior del recinto, se sube con facilidad hasta la parte superior de sus muros, donde las piedras aparecen sueltas, tras haber sido removidas y aprovechadas, a lo largo de muchos años, para repararr o prolongar las paredes de cierre de fincas, o para reponer piedras faltantes en fachadas de casas de mampostería.

Sin embargo, la mayoría de los chicos ascienden por el camino del Regatillo, para llegar a los parajes de “La Reina” y “El Secar”, que se inician a continuación de donde hoy se emplaza la Guardería Infantil “Virgen de Fátima”, en dirección a Valverde.

Pero, ¿a qué suben tan decididos y en grupos tan numerosos?. Sencillamente a “visitar” las higueras de la huertas que se encuentran en los alrededores. Eran tiempos de carencias y de estrecheces, y en los hogares faltaba mucho y sobraba nada. No olvidemos que estábamos en pleno racionamiento de alimentos, a nivel nacional.

Los mayores, mejor conocedores de la zona, llegaban, incluso, hasta Irío, a las higueras “silvestres”, sin dueño, que crecen entre rocas, cuyos frutos, aseguraban, eran muy sabrosos.

Una de esas huertas, la más próxima, era la que se encontraba rebasando la primera curva a la derecha del camino, propiedad de la “ña” Lorenza (el trato de señor o doña se abreviaba entonces a “ñor” ó “ña”). Con una pared de piedra que la delimitaba del camino, tenía una puerta directa desde el mismo, que daba paso a una tejavana, y de ella se pasaba al terreno en sí. Había plantadas ocho higueras, algunas de gran desarrollo, de distintas clases, que producían higos exquisitos, “de botella”, “franciscanos”, “de plato”, etc. Una pared medianera la separaba de la finca de la familia Remolina; por otro lindero estaba cercada con estacas y alambre, pero... el restante lindero no tenía cerramiento, ya que allí había un paso que conducía unos metros más arriba a otra finca con su casa rural, perteneciente a la misma señora.

Además, la predilección por esa huerta era porque sabían muy bien que sus higos no estaban “envenenados”, como ocurría con otras, en las que sus dueños, para disuadir a los visitantes, untaban con jalapa los higos situados a la altura de la mano, aplicándola con un pincel. Al infeliz que poco después ingería uno de aquellos higos-trampa, el efecto del purgante era tan rápido y brutal, que apenas le daba tiempo no solo a apartarse unos metros, sino casi a ponerse en cuclillas para “estampar su firma” apresurada a pie de árbol.

Para vigilar y evitar la entrada de aquellos visitantes en las tardes de los jueves, así como a lo largo del verano, la “ña” Lorenza enviaba a un hijo, de unos doce o trece años, quien dotado de una buena provisión de “chistes” -hoy conocidos como comics o tebeos-, se subía a una de las higueras mayores y se acomodaba en una gruesa rama que hacía de asiento, mientras leía y oteaba de vez en vez el horizonte.

Entre las cinco y la seis de la tarde, avistó a una cuadrilla, que intentaba entrar justamente donde la posición carecía de defensas. El chico, desde su atalaya, avisó a la muchachada que la huerta tenía dueño y que se largasen a otro sitio.

La respuesta no se hizo esperar, y una andanada de piedras llovió materialmente sobre el chaval, que tuvo que descender del árbol y emprender una veloz retirada, mientras algunos pedruscos y terrones le pasaban casi rozando.

Al día siguiente los sembrados de la huerta aparecían dañados, y eso era lo que verdaderamente molestaba a sus dueños, mucho más que los frutos que pudieran llevarse las pandillas.

Un buen día, o con más precisión una mala tarde, ya en pleno verano y con los higos muy sazonados, la llegada de visitantes fue tan numerosa y los daños causados en los “cuadros” plantados de hortalizas fueron tan grandes, que parecía que por allí había pasado un batallón de combate. Hasta gruesas ramas de las higueras aparecían desgajadas, en el suelo, entre los pisoteados sembrados. Nada quedó de la cosecha...

Aquello rebasó la paciencia, porque a la mañana siguiente el cabeza de familia subió armado de serrote y de hacha, y en una arranque de enfado cortó, de raiz, no una ni dos ni tres, sino... las ocho higueras existentes, dejando tan solo otra grande, que aún se conserva en la otra próxima finca de la familia, donde se levanta la casa rural.

Afortunadamente pasaron aquellos tiempos de penurias, y hoy nada falta y hasta sobra, pero a veces gusta rememorar que muchos niños -y no tan niños- de entonces, los jueves por la tarde, y en verano casi a diario, tenían asegurada su merienda, con los sabrosos higos de las distintas huertas, entre ellas, principalmente, la de la “ña” Lorenza.


A la memoria de la “ña” Lorenza, mi querida y recordada madre, Lorenza Marín Aguirre, que Dios guarde, y con la evocación de tántos amigos que me aseguran que los higos de nuestra huerta de “La Reina” eran “sencillamente los mejores...”. ¡Y sin jalapa!, añado yo, riendo.

R. de F.

(Artículo publicado en el número de Agosto de 2005 de la revista “De Laredu, Lin”.)