¡Cosas de hombres!

1 de agosto de 2001

rufo de francisco marín laredo

Una apacible y soleada tarde de un día cualquiera de Agosto de los años setenta, en Laredo.

Los niños juegan y corretean, despreocupados y felices, en la Plaza de la Villa, mientras sus jóvenes madres charlan o hacen punto –o ambas cosas a la vez–, sentadas en los veladores de la espaciosa terraza de la Cafetería Sinfo, que atiende el buen “Conce” Panadero –el único varón en Laredo con nombre casi exclusivamente femenino, como es el de Concepción–.

Pasa el tiempo con reposada lentitud, cuando una de las madres se acerca a otra que hace punto de aguja a ritmo frenético, y le pregunta:

“¿Qué le ha pasado a tu hijo, que se lo han llevado dos policías?”

La joven por poco se desmaya. Se levanta y en su precipitación mueve la mesa y los vasos se rompen con gran estrépito al estrellarse contra el suelo.

Atraviesa, corriendo, el callejón entre la cafetería y la Casa Consistorial, seguida de otras personas que no quieren perder detalle de lo que ocurre, a las que se une la chiquillería, que ha abandonado sus juegos para unirse al cortejo.

Dobla la esquina y junto a la fachada trasera del Ayuntamiento se encuentra con un grupo de, por lo menos, diez agentes de la Policía, en derredor de algo o de alguien.

El círculo se abre, y dos agentes junto a un niño de no más de seis años de edad, de figura ágil y delgada, se acercan a una de las ventanas, de grandes dimensiones, cuya base queda a la altura de un adulto. La pareja de policías entrecruza sus manos y piden al niño que ponga sus pies en ellas, a modo de estribo.

Poco a poco van subiendo al menor hasta alcanzar los pies de éste el alféizar. De pie y agarrado a los sólidos y torneados barrotes de protección, uno de los agentes pregunta al niño:

– “Lin*, ¿cómo te llamas?”

– “Javier.”

– “Bien, Javier, ahora mete la cabeza entre los barrotes, a ver si pasa. Poco a poco, otro poco más, venga, un poquitín más. ¡Ya está!”

A indicación del agente, el niño introduce el hombro hasta lograr pasar su cuerpo al interior del ventanal, al estar abiertas las dos hojas. A continuación, un agente, sentado en los hombros de un compañero para ganar altura, pasa sus brazos entre los barrotes, toma con sus manos las del menor, y le va descendiendo poco a poco, con gran cuidado, hasta que los pies del niño se posan sobre la mesa existente al pie de la ventana.

El policía sigue dando instrucciones precisas al niño:

– “… muy bien, Javier, y ahora, sal del despacho, sigues por el pasillo de la derecha, bajas unas escaleras y abres una pequeña puerta que hay dentro de la puerta grande.”

Pasan unos segundos de angustiosa espera, que se hace enternos.

Al abrirse, por fin, el portillo de la inmensa puerta trasera del Consistorio y salir el pequeño al exterior, es recibido con un nutrido aplauso de los agentes.

Pero, ¿alguien puede explicar a qué se debe tamaño alboroto?

Sencillamente, el Jefe de la Policía Local se había dejado olvidadas las llaves en su despacho, y no se podía acceder a las dependencias municipals, incluído el cuerpo de guardia, salvo tener que forzar la aparatosa cerradura, … lo que habría supuesto un considerable bochorno para los agentes que, gracias al pequeño, lograron solucionar dignamente.

Cuando la madre recupera el aliento, abraza y pregunta, medrosa, a su hijo, lo que ha pasado. Uno supone que el niño, muy ufano y con legítimo orgullo, en su lenguaje infantile, le dice algo equivalente a esto:

“Nada, mamá. ¡Cosas de hombres!”

*Lin: Apelativo cariñoso,
que se usa exclusivamente
en Laredo, Cantabria, España.

A mi hijo Rufo-Javier de Francisco,
“héroe” efímero de aquel hecho real,
en este su Laredo natal, desde su lejana
proximidad en San José, California, con
todo cariño.

R. de F.