5 de abril de 2001
rufo de francisco marín laredo
Nosotros, los laredanos, casi siempre hemos tenido a bien denominarnos “pejinos”.
No es necesario decir que el vocablo, que se supone derivado de peje, pez, se utiliza desde hace mucho tiempo, principalmente en los puertos del mar de Cantabria, y que nuestro insigne novelista Don José María de Pereda también usó en su obra “Sotileza”. Ello no se discute.
Tampoco se cuestiona que “pejino” se aplique al lenguaje, modales o personas –hombres y mujeres– naturales de Laredo. No. Todos sabemos, o debemos saber, que tal adjetivo se asigna tanto a Santander como a sus villas y pueblos costeros.
Pero también resulta obligado reconocer que en el hablar cotidiano, cuando tenemos que hacer alusión a una particularidad del habla, acento o características de un laredano, relacionado o no con el mundo de la mar, de forma espontánea y natural decimos: “Es pejino”.
Si me apuran, dire que el laredano se recrea, se deleita incluso, en la utilización de ese término.
¿Qué ocurre entonces? Sencillamente, que otras personas, de otros pueblos, que nos conocen, nos oyen o nos leen, también se familiarizan con nuestro apasionamiento por adjetivarnos, y acaban, a la postre, llamándonos “pejinos”. Ello nos complace. Tontamente, sin fundamento, es cierto, pero nos satisface realmente.
¿Quiere decirse que tratamos de apoderarnos de una voz que reclamamos como nuestra? En modo alguno. Es como las numerosas y variadas florecillas silvestres que el caminante va encontrando a lo largo y en los bordes del camino. Y de ellas toma una, la que más le agrada, la contempla, inhala su aroma, y sin desdeñar a las demás, va formando un ramillete con las flores de esa especie. Nadie puede tildar a nuestro paseante de querer acaparar para sí las florecillas que delicadamente ha venido cogiendo a través de la vereda.
Que nadie diga, tampoco, a los laredanos, con major o peor intención, que el término “pejín, pejino, pejina” no les pertenece en exclusiva. Bien que lo saben.
Ellos, es decir, nosotros, los laredanos, seguimos, por ahora, y puede y ojalá que por muchos lustros –y que todos, absolutamente, lo veamos–, recrearnos mansamente, de modo sencillo, auténtico, con el vocablo amado: “Nosotros, los pejinos…”.
R. de F.